jueves, 16 de febrero de 2017

La vida en las ventanas

En mi habitación hay una ventana que da a ningún sitio. Es una ventana invisible, casi no existe, está tapiada. Sin embargo, siempre me descubro mirándola aterrado, igual que si temiese (ver) algo, aunque no imagino qué. Porque son sólo ladrillos. Quince filas enteras, separando este lado del otro. Y cuando, como ahora, oigo voces detrás de la ventana, yo jamás miro.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Ideal(ista)

Nunca supimos si la casa también estaba encantada, pero desde luego a ti y a mí nos encantó. Ya nos veíamos allí viviendo: desayunando, comiendo y después cenándonos. Con sueño, soñando, madrugando o quedándonos dormidos hasta las doce, entrando y saliendo al trabajo o de paseo, a hacer recados, para viajar, ir al cine, al teatro, a museos, al bar de la esquina, a ningún sitio en especial, pero venga, vamos. Tú y yo. En ese piso, los dos leyendo, riendo, charlando, discutiendo, escribiendo, pintándolo entero de amarillo, comprando una mesa, muchas sillas, el sofá cama de las visitas, abriendo cada tarde nuestro buzón sin cartas, enmarcando todas estas fotos, los miércoles pidiendo del chino, italiano para llevar en viernes, instalando internet, el fijo, jugando a las cartas, tirando la basura, barriendo, ensuciando, jodiendo, bailando, lloviendo fuera y nosotros frente al televisor. Nos veíamos en esa casa encantados, imaginamos que el casero también. Pero sólo era un fantasma: “Necesitaré vuestros contratos indefinidos, las tres últimas nóminas, seis meses de fianza, un avalista, que me incluyáis en el testamento, prueba de sangre de cada uno, otra de orina, el certificado de antecedentes penales, la secuenciación de vuestro genoma, que sepáis silbar y seáis bastante más altos antes de entrar a vivir, nada de gafas tampoco, ni de mascotas, y dad gracias que no lo alquilo a través de agencia”.

sábado, 21 de enero de 2017

Imposibilidad de nosotros

Sucede siempre igual que nunca coincidimos. Ni de mañana, ni de tarde. Tampoco al caer la noche. Como el Sol y la Luna. O arriba y abajo. Incluso antes y después. Somos irreconciliables, trocitos, par de imposibles. Por eso, cuando entro por la puerta, tú saltas por una ventana. Y si te llamo, no coges el teléfono. Subes a ese metro del que salgo. Cambias la línea, de gafas y hasta tus ojos. Ahora ves otra serie. Lees a otro autor (al que odio). Tu color favorito, opuesto al mío. Vegetariana y jamás vegetariano. ¿Cerveza? Mejor vino. Y tras los postres distintos, el mal sabor en la lengua de tu “tú a mí no”. Porque, da igual que nunca coincidamos, tú a mí sí. Todavía siempre.

viernes, 20 de enero de 2017

Sostiene Pereira

Que va a darme empleo: He venido desde el Lisboa de Lisboa, eso sostiene Pereira, a pedirle que a partir de ahora sea usted quien escriba las necrológicas anticipadas de los grandes escritores que “aún están por morirse” para mi pequeño diario apolítico, tan de papel. Así lo sostiene Pereira, igual que sostiene con ambas manos su limonada, la segunda ya que se toma en este huequito de cafetería de Atocha. Pero antes, dice después de haberse secado los labios, he de preguntar si le interesa a usted la muerte; porque, permítame la franqueza, yo no quiero creer en la resurrección de esta carne (señalándose el abultado estómago), aunque, lo confieso, sí sigo su blog. En realidad, me oigo que voy respondiendo, ahora escribo más para ConSalud. Pereira sostiene todo su espanto mientras ordena algunas ideas y otra limonada con mirada casi decidida. Un ojo, el izquierdo, puedo verlo, se asusta y al final se le escapa, silbando: ¿¡Prensa salazarista!? Debí haberlo visto venir, el verde de su camisa verde. No, no, me repito, tan sólo verde sanitario. Y su inevitable relación con la muerte, espero; aventura o intenta sostener Pereira, que enseguida sí que sostiene una larga lista de escritores sobre quienes habré de escribir: Puede comenzar por Mauriac o Bernanos. ¿Y entonces por qué no Lorca? Lo interrumpo. De nuevo el ojo fugitivo, medio suicida; este hombre debe de padecer de mala vida, adivino. Porque, sostiene Pereira y lo sostiene como si jamás fuese a soltarlo, Federico ya está muerto, Monteiro Rossi. Y yo quiero negar, recordarle que no me llamo así, pero las letras que conforman M-o-n-t-e-i-r-o-R-o-s-s-i empiezan a dibujar a Marta en el andén. Andarina, sonriente, verano de enero, ella pide la silla libre al hombre calvo sentado en la mesa de al lado, que por primera vez levanta las gafas del cuaderno donde tomaba notas. Parece muy cansado. Nos mira, (nos) espera. Continúe, Tabucchi, que no va a escribirse solo, sostiene Pereira. 

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Relato inspirado en la novela Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi

viernes, 16 de diciembre de 2016

Llama

Ya va a colgar, pero no cuelga. No va a decirlo, pero al final lo dice: “¿Cenamos una noche?” Como respuesta, pregunta: “¿Que qué?” Casi repite: “¿Quieres cenar un día?” El silencio calla toda la línea. Por una rendija muy minúscula, apenas la nada, él cree (o sueña) oír: “Vale”, con una voz que se marcha... Repentina, regresa: “Ponme un wasap luego”. Se dicen: “Adiós, adiós”. También: “Un beso, un beso”. Entonces sonríen. Y, entonces, cuelgan. Aunque él todavía sostiene unos segundos el teléfono. Sólo la ha visto en foto, tan concentrada en su tarea; pero imagina cómo al otro lado del hilo las gafas se han debido de sorprender nariz abajo. Quizá quedando cerquita de ese mechón ondulado, más bien rizado (piensa mejor), que le acaricia una mejilla tersa, ruborizada, sobre la que no podrá escribir en su texto del periódico.    

lunes, 12 de diciembre de 2016

Niebla intrusa

Nos dejamos la puerta abierta y esta niebla se ha colado en casa, devorando la cocina entera, borrando más de medio salón y hasta desbordando todo el cuarto de baño. Mi habitación se ha perdido (o escondido) entre dos nubes. En el pasillo, la garganta de vapor tose. Y la puerta se cierra.

domingo, 11 de diciembre de 2016

re-noir

Al menos una noche por semana, le gusta ir a los cines Renoir y ver esa película que nadie más verá. Independiente o clásica, o quizás ambas. Cintas que terminan felices. Que a veces acaban fatal. Algunas, incluso, parecen no tener FIN. Como cuando de madrugada, fuera del penúltimo bar, ella me pregunta por nuestro desenlace. Todo Madrid, entonces, a un solo beso de fundirse a negro.