jueves, 4 de septiembre de 2014

Electrodoméstico


Un día simplemente no pudo más. Aquel joven y sano individuo se cansó de batallar. Se rindió y nadie sabría decir qué porcentaje de culpa en el derrumbamiento tuvieron factores como el desamor y la imposibilidad de encontrar trabajo. En cualquier caso, la idea de abandonarse a los erráticos latidos de una crisis existencial le sobrevino cuando se hallaba comprando en Carrefour. Temió echarse a llorar en mitad del pasillo reservado para los lácteos, por lo que huyó a la desangelada sección de electrodomésticos. Encontró un hueco entre dos lavadoras de última generación, de ésas que después de cada lavado depuran el agua y no hacen daño al medio ambiente, y allí se sentó.

Pasó los primeros días llorando. Le extrañaba no sentir hambre ni sueño, tampoco necesidad de ir al servicio. No buscó explicación. Dependientes y clientes caminaban las mañanas y las tardes junto a él sin inmutarse. Durante varias noches gritó hasta quedarse afónico. Cuando oía el eco de su voz experimentaba un miedo atroz. A las pocas semanas descubrió que había surgido un gran orificio de cristal en la zona que antes ocupaba su abdomen. Fue el primero de los cambios. Tiempo después se palpó un par de gruesos botones en la frente y dos rugosos mecanismos giratorios cegaron sus ojos. Engordó, cogió un peso colosal, y su piel se volvió blanca como la nieve. Finalmente, leyó su nombre: BRU 6004.

También le pusieron precio. Muchos posibles compradores trastearon con él hasta que una pareja y su hijo de pocos años acabaron por llevárselo. Tres mozos de carga lo llevaron en furgoneta hasta el piso de aquella familia. Su habitación fue la cocina. Allí lavaba ropa de una a dos veces al día, según la estación. A menudo oía las conversaciones que mantenían. Así se enteró de que lo habían comprado por estar de oferta. También vio cómo el hijo aprendía a pronunciar palabras largas y difíciles.

El marido trabajaba para un despacho en jornadas de doce horas, de modo que siempre se encontraba fuera. La madre había dejado su empleo para encargarse del pequeño. Y era ella quien ponía siempre la lavadora, con quien trataba a diario. El que había sido un joven y sano individuo la observó con todos los atuendos posibles: con delantal y también vestida de gala, unas veces manejaba sus botones llevando únicamente el sostén, mientras que en otras ocasiones portaba un desgastado chándal. Se acostumbró a su presencia y secretamente acabó enamorándose de sus ojos azules. No mermó su pasión al aparecer en ella las primeras arrugas y contornos ni dejó de quererla por tener que compartirla con el marido y un número creciente de niños. Sin embargo, un día se mudaron. Antes del silencio, escuchó algo de un traslado, de un ascenso, y durante un tiempo no lavó la ropa de nadie. Recuperó la soledad y aquel podría haber sido el final de su historia si una tarde no le hubiese despertado el jaleo de una mudanza.

El nuevo inquilino, que no propietario, era joven y parecía sano. Le hizo recordar brevemente a su yo pretérito y casi olvidado. Vivía solo y, a diferencia de la familia, no se mostraba cuidadoso con el mobiliario de la casa. Le costaba horrores lavar su ropa. Hacía ruido al procesarla. Tardaba más tiempo de la cuenta. El óxido había molido sus músculos y huesos. Una noche en que la lavadora no lograba poner en funcionamiento el programa elegido, el nuevo inquilino se paró delante de ella. Toqueteó con ira los botones y le dio un par de golpes en la tapa. De nada sirvió. Entonces se quedó muy quieto, terriblemente atento, y fue como si contemplase la lavadora por primera vez, como si de repente comprendiese. Habló con la voz tomada por el asombro:

—Un momento, no me jodas; eres un hombre, tú eres un puto hombre…

Sus ojos nadaban en aguas de estupor. La lavadora, aquel antiguo joven y sano individuo que compraba en Carrefour, sintió una oleada de júbilo revitalizador, creyó rejuvenecer conforme el entusiasmo recorría sus avejentadas entrañas. Tal vez todo tenga arreglo, deseó. Pero la conexión entre ambos se extinguió de forma abrupta cuando el inquilino ladró:

—El lavavajillas también lo es, hijo puta, pero por lo menos él no pierde los calcetines. Así que no me toques los cojones y espabila, trasto de mierda. 

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