lunes, 23 de noviembre de 2015

Noviembre en Madrid

Estos días Madrid es un cubito de hielo sobre el que floto a la deriva. Unas veces, de Pacífico a Mar de Cristal. Otras, desde Buenos Aires hasta Islas Filipinas. Las frías corrientes subterráneas me arrastran donde quieren: Laguna, Lago, Canal, Ríos Rosas. Muchas noches desemboco muy cerca de Cuzco, donde en ascensor asciendo al séptimo cielo. Allí, una sonrisa sin nubes incendia el recibidor en penumbra. Y me derrite, siempre me derrito, igual que un cubito de hielo en Sol. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

lavARTE

Gastón apenas si gasta. Con buen ojo, vive en su lavandería de calle Buenavista, en pleno corazón del barrio madrileño de Lavapiés. Diariamente allí pinta una bella paradoja: durante la mañana y parte de la tarde, Gastón limpia y centrifuga todas las manchas de ayer, tanto las tuyas (si con tu bolsa de ropa sucia bajo el brazo te animas a visitarlo) y las mías (yo frecuento su establecimiento a menudo) como las suyas, porque Gastón es lavandero pero también pintor abstracto, dedicación ésta última obligada a mancharse. De modo que cada noche, cuando las grises lavadoras industriales duermen con sus párpados de cristal abiertos, Gastón despliega unos paneles de madera ya muy gastados y con sus dedos, palmas de las manos y a veces hasta usando los codos se afana en crear colores y mundos irremediablemente irrepetibles. “Y es que acá no hay dos cuadros iguales, Fernando”, me repite siempre él. Gastón es chileno. Le encanta conversar. A mí me encanta oírle hablar de sus lienzos. Tengo predilección por uno de ellos. Se titula Deshielo. Es muy grande. Está colgado sobre una hilera de centinelas del lavado que parecen custodiarlo igual que guardas de museo. Gastón promete que es Chile lo que encierra ese paisaje, pero yo pienso que se trata de Andalucía. En concreto, me recuerda al mar de Málaga. Quizá por eso no hay vez que no me quede embobado repasando sus contornos mientras escucho cómo la secadora termina de arrullar mi ropa. La primera ocasión que entré en su lavandería-taller, Gastón me contó que hace años expuso en Córdoba. “En un palacio muy grande”, y añadió, “yo no fui pero sí varios de estos lienzos, y vi fotos de todo aquello”. Ya esa misma mañana nos llamamos amigo el uno al otro. Me acuerdo que compartimos una cerveza de las que guarda escondidas en la trastienda, aunque con el tiempo he ido descubriendo que la predilección de Gastón es el tinto. Luego recogí mi ropa en un cesto amarillo. La fui doblando con mucho cuidado. Olía a limpio. Por un rato me sentí de vuelta en casa. “El secreto, es algo que sólo confieso a los clientes habituales, está en echar siempre un poquito de suavizante de más”, me explicó Gastón con una sonrisa de oreja a oreja. Y yo le di las gracias. 


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Imagen: Gastón Covarrubias, junto a varios de sus muchos lienzos. 

jueves, 12 de noviembre de 2015

Ciudad Ferrocarril

En mi ciudad hay una calle del Ferrocarril. Allí puede visitarse el museo del Tren. Yo vivo muy cerca. Curiosamente todos los establecimientos de la zona parecen tomados de un cruce de vías. Se llaman bar El andén, ultramarinos Quinto vagón, lavandería Catenaria o salón de juegos Vapor. Algunas mañanas veo montañas de humo negro construir el cielo. Siempre me hacen pensar en fuego. Imagino envuelto en llamas uno o varios comercios del barrio. Los vecinos niegan al tiempo que sonríen y tratan de calmarme. Es sólo la locomotora, repiten. Ya está entrando en la estación. Muy pronto escaparemos de mi ciudad. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Microrrelato por viaje: Estepona

En el jardín de casa hay una flor de tacto áspero, sin aroma ni color. Tiene espinas afiladas como papel. Sus hojas son de periódico y los pétalos, negra tinta. El interior de su corola esconde la fotografía de otra flor. 

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Fotografía: Pablo Moreno
Cuento: Fernando García de la Cruz

lunes, 9 de noviembre de 2015

Caminante de palabras (#2): Estepona

Pablo Moreno, autor de Caminante de palabras, escribe sobre el municipio malagueño de Estepona para el blog: 

"Una de las grandes dudas que te surgen cuando visitas Estepona es quién riega todas las macetas que engalanan las calles del centro. Existe un sinfín de maceteros de todos los colores y lunares y uno piensa que debe ser una tarea titánica preocuparse por cada una de las plantas. Supongo que deben contar con la ayuda de los vecinos. Por continuar con el líquido puro, la cascada artificial del Orquidario es un lugar digno para probar el "efecto seda" en fotografía. Aunque, tal y como me comentó una visitante, ella prefiere las cataratas del Niágara que había visitado recientemente. Puede que tenga razón, pero de lo que no hay duda es de que un caudal de esas características podría dejar las cúpulas del Orquidario relucientes. Por cierto, el restaurante Vitín de la Plaza de las Flores es un buen lugar para dar un alto por su excelente relación calidad-precio y la amabilidad de sus camareros."

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Fotografía y texto, por Pablo Moreno

domingo, 11 de octubre de 2015

Contando ovejas

Todas las noches cuento ovejas hasta que me duermo, lo que suele ocurrir entre la oveja 3.458 y la 5.716, aunque cada noche es un mundo. Normalmente me entra algo de sueño con la oveja número 1.113, pero tampoco sucede siempre. Resulta complicado de explicar. Pero agradezco de corazón el ahínco y la fidelidad de mis ovejas. Pese a que veces dudo si la que brinca es la misma oveja que cuento y recuento en bucle. Porque son tan parecidas entre ellas, tan algodonosas e indistinguibles. Claro que yo no sé interpretar sus balidos y quizá ahí resida lo que las diferencia. Desde luego a mí me suenan igual. Por eso ayer no comprendí de primeras qué pasaba. Había sido el mío un día agotador. Terminé de cenar casi muerto. No exagero, los párpados se me cerraban. Rendido arrastré el cuerpo hasta la cama y enseguida caí dormido. Al rato escuché balidos. Muchos. Pensé que eran soñados. Pero al abrir mis ojos descubrí incontables ovejas rodeándome. Sus caras, de auténtico enfado. Quise apaciguarlas con palabras amarillas. Inútil. Sólo se calmaron al escuchar que empezaba a contarlas. Entonces saltaron felices sobre mi cama en otra noche de insomnio. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Microrrelato por viaje: Almáchar

El pueblo era una rayuela de casitas blancas. Allí se conocieron, jugando en sus calles. También cerca del viejo cauce, donde se besaron por primera vez. Y en la plaza mayor, que presenció su primer baile, guapísima ella con su vestido coral, muy elegante él de chaqueta y corbata azul. El bar de Matías acogió las primeras borracheras. Crecieron felices: el uno con el otro y casi sin querer. Pero llegó un día en que no coincidieron. De repente dejaron de encontrarse en cada esquina. Olvidaron la rayuela. Los niños se habían hecho mayores. 


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Fotografia: Pablo Moreno
Cuento: Fernando García de la Cruz 

miércoles, 7 de octubre de 2015

Caminante de palabras (#1): Almáchar

Pablo Moreno, autor de Caminante de palabras, escribe sobre Almáchar para el blog: 

"La luz intensa que desprendían las encaladas paredes del pueblo hizo fijar la mirada en la panorámica más bella del pueblo. Era mediodía. Se trataba de un momento excepcional para saborear los productos de la tierra. En uno de los restaurantes cercanos a la antigua iglesia pudimos degustar una de las mejores carnes. El sabor conseguido gracias a la buena elaboración y a la adquisición de un producto excepcional evocaron los mejores recuerdos. Instantes después de disfrutar de la gran comilona, se imponía hacer un poco de deporte. Almáchar es perfecto para ponerse en forma. Protegido por gatos, en la villa hay empinadas cuestas y pendientes para todos los gustos. Subirlas puede constituir un reto. Por eso, uno piensa que podría ser posible la construcción de un funicular, un tranvía, un ascensor panorámico de cristal o incluso montar un tren turístico. Dos fueron los núcleos expositivos visitados, pero yo me quedo con una fotografía del Museo de la Pasa en la que aparecía a escondidas un amigo. La visita coincidió con la Feria del Ajoblanco, un elixir mágico a base de almendras que cedí amablemente tras la insistencia de un periodista salvaje. Por cierto, aquí me sirvieron la Pepsi más barata de los últimos años. Eso sí, después de aprender mi primera frase de coreano que apenas ya recuerdo. Mamoko es un nombre propio que jamás se olvida."


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Fotografía y texto, por Pablo Moreno

domingo, 4 de octubre de 2015

'Tiempos verbales'

Presente continuo y a la vez simple el nuestro. Ahora histórico. Pasado un beso veo el futuro. Es indicativo, pluscuamperfecto, sin imperativos y tan olvidado de pretéritos que nunca sé conjugarte en condicional.

jueves, 1 de octubre de 2015

Watergate costasoleño (y II)


Tampoco soy Carl Bernstein y ni siquiera me parezco a Dustin Hoffman, pero recuerdo que una noche a última hora en el periódico, justo antes del cierre, necesitaba triple confirmación para publicar al día siguiente mi historia e hice igual que en la película Todos los hombres del presidente; me encerré en una sala con el auricular del teléfono pegado a la oreja y le dije a mi fuente “no te pido que me digas nada, tan sólo voy a contar hasta diez, ¿vale? Voy a contar de cero a diez y si al finalizar aún sigues al otro lado significará que no hay problema en salir con el artículo mañana, ¿de acuerdo?” Oí un “de acuerdo”. Inmediatamente empecé: “Cero, uno, dos, tres, cuatro...” Comprobé que todavía había línea. “Cinco, seis, siete...” Increíble, ¡aún línea! “Ocho... Nueve... ¡Y diez!”. “¿Queda todo claro, no?”, me preguntó la fuente. “Gracias”, contesté yo antes de colgar. Y así fue, de veras que sí, cómo firmé mi mayor exclusiva: el veterano entrenador y querido exfutbolista Ricardo había cerrado de cara a la nueva temporada el fichaje de Ricardito, esperanza de futuro para el equipo del barrio y su hijo de nueve años. 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Watergate costasoleño (I)


No soy Bob Woodward ni me parezco a Robert Redford, pero sí que vestí americana y corbata todas y cada una de aquellas noches en la quinta planta del aparcamiento de calle San Lorenzo. Allí, tan silencioso, en un recodo sombrío y húmedo alejado del azul fluorescente, siempre vigilando la lumbre de su cigarrillo, me esperaba la silueta de Garganta Profunda; su homólogo costasoleño en realidad. Acostumbrábamos a hablarnos muy bajito, casi en susurros. A veces uno de los dos callaba de repente y miraba de refilón a izquierda y derecha, presintiendo una presencia acechante, espía. Mis preguntas, invariablemente las mismas: qué, quién, cuándo, dónde, cómo, por qué. Y todas esas uves dobles, para mi asombro, qué deleite me producía, encontraban respuesta en sus labios coloreados de penumbra, mientras la luz del pitillo subía, bajaba, se atenuaba, aunque sin llegar jamás a extinguirse. Nuestros encuentros eran cortos, acelerados, y en un momento dado, súbito parpadeo, Garganta Profunda desaparecía igual que un prestidigitador. Quizá nunca había estado allí, dudaba yo a veces. Y ya solo, en peligro, con tanto miedo como sudor bajo mi flequillo, corría escaleras abajo, huyendo de atacantes invisibles. No me detenía ni siquiera al pisar la calle sino que seguía trotando hasta la parada de taxis más cercana, ubicada a varias manzanas del aparcamiento. Recuerdo cómo, durante el trayecto en coche hacia la redacción, giraba continuamente la cabeza temeroso y buscaba faros enemigos al otro lado de la trasera del taxi. Únicamente me sabía a salvo en el periódico, atrincherado frente al brillo fantasmagórico de mi monitor, mientras daba forma al artículo del día siguiente. Fueron tiempos difíciles. Entiendo que el director me quitase de escribir horóscopos. 

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Imágenes: Fotogramas de la película Todos los hombres del presidente.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Sin deterioro

Todos deberíamos irnos sin deterioro, que una tarde se nos haga de noche mientras aún veamos luz. Y un corazón, el tuyo, también el mío, no debiera amagar con sustos, volverse arrítmico ni propenso a sofocos. Tampoco está bien que con los años nuestras piernas flaqueen o que las manos tiemblen y pierdan tanta fuerza como destreza, hasta llegar a un punto fatídico en que ya no saben agarrarnos al mundo. Pero principalmente nadie debiera asistir a su olvido. “Por increíble que parezca ahora no recuerdo el nombre”, me reconoce Matías con más pena que cansancio. Tiene noventa años. Me habla de su nieta. “Todos deberíamos irnos sin deterioro”, añade. Y creo entender, aunque cuando miro sus ojos claros, que todavía guardan brillo, igual que las arrugas del rostro no le borran una sonrisa amplia y sincera, o esa inmensa alegría con la que me narra sus ayeres, jamás pienso en deterioro, sino en vida.

viernes, 25 de septiembre de 2015

jueves, 24 de septiembre de 2015

El mosquito

El mosquito apareció petardeando igual que una motocicleta antigua. Volaba de un rincón a otro del coche como la bola de un gigantesco pinball, posándose a ratos encima del volante o frente al velocímetro, también en la luna delantera, incluso sobre los botones de la radio. El mosquito, quizá sabiéndose observado, comenzó a rondar mis manos. Buscó una muñeca, la izquierda, me picó a placer. Entonces migró de brazo y ahí contraataqué. Consiguió zafarse. Distraído vi que un deportivo me echaba las luces. Me aparté sin comprobar el espejo retrovisor y un camión cisterna hizo sonar su bocina quejoso. Di un respingo. Tuve miedo. El mosquito, no. Sus ojos diminutos y negros, ansiosos de desafío, me miraban mirarle. Llegué a creer que aquel insecto quería insultarme, me llamaría cabrón, imaginé, hasta mentaría a mi madre. Pero silencioso, todo crueldad, el mosquito nada dijo mientras se acomodaba justo en el centro del asiento reservado para el copiloto. Lancé un nuevo puñetazo que esquivó sin alharaca. Su réplica fue demoledora. Vino contra mis gafas, además cambiaba de lente según con qué mano intentara yo golpearle. Un púgil magnífico que no logré impactar. De repente sentí que mi cuerpo buscaba, no sé, algo así como escapar del sillón, pero el cinturón lo impedía. Arriba y abajo cambiaron de lugar.

Desperté en este hospital. Sobrevivirá, repiten los médicos. De mi brazo nace un tubo color rojo. Serpentea hasta una cama próxima. Allí duerme el mosquito. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

NARANJA (MEDIA)


Ahora verás naranja, me había avisado la doctora en urgencias, pero no dijo que esa mañana cuando regresara a casa tú, aún en pijama, tu pijama naranja a juego con tus ojos también naranjas, olerías a naranja, me sabrías a naranja, a zumo de media naranja

lunes, 21 de septiembre de 2015

Inamovibles

Curiosamente simétricas (mismo cardado color platino, hermanas de gafas de ver, análogas en edad y constitución) dos señoras mayores beben y conversan en la mesa de al lado. Repasan la distribución del piso de una de ellas. No llegan a un acuerdo. Te repito que ese cuarto queda enfrente del zaguán, una continuación directa, explica la propietaria del inmueble. ¿Tú crees?, insiste la amiga y dice más, yo creo que no, que tu habitación cae justo detrás del recibidor, cierto, pero formando un ángulo, ¿sabes a qué me refiero?, es todo un requiebro lo que hay ahí. Y vuelven a empezar o más bien vuelven a la carga, cada una con su punto de vista inamovible, que es quizá lo único que me las diferencia o me permite distinguirlas. Llevan horas enfrascadas en la cuestión espacial. Terminadas las ultimas copas de vino, ambas deciden retomar el tema al día siguiente. Se prometen argumentos convincentes. Una tomará medidas de casa, incluso le pedirá la cinta métrica a su nieto. La otra aparecerá con una vieja fotografía tomada hace muchos fines de año. Ahí se verá claro, garantiza. Se despiden con dos besos para luego caminar juntas calle abajo. Mañana por la noche coincidiré de nuevo con ellas en el bar. Desde mi mesa, tan cerquita y contigua, pegaré el oído. Y ninguno de los tres querrá cambiar de vida, de idea, ni tan siquiera de postura. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Cerca

Sucede a media mañana, cuando deambulo por casa. También en mitad de la noche, justo antes de volver a dormir o al menos intentarlo. En realidad me ocurre a todas horas, en cualquier momento. Paso delante de tu puerta y se me escapa: Hola. No estás pero a diario continúo entrando en tu habitación para gastarte una broma, contarte algo, preguntártelo. ¿Y Pilar, ha salido? Le decía ayer a María. Es bonito que se me olvide. No me acostumbro. Pese a lo lejos te sigo pensando cerca. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Despertar


Sólo dos minutos más, susurra ella en una mañana muy fría para ser verano. Descansa, yo contaré por ti, escucha decir a su lado. Es una voz que acaba en un par de manos enterradas, recorriendo su pelo. Y ella hace caso y sonríe, y se deja rascar y adormecer, y también deja de pensarse, aunque como en sueños sí que piensa o se sigue pensando, pero de forma atenuada, con mucha pereza, desde lejos. Y así vislumbra, igual que si estuviese en un corredor bañado de luces y sombras, todo aquello que tendrá que hacer hoy en el trabajo, y también lo que hará luego, a la tarde. Ella incluso piensa y aventura lo que hará durante el largo mes de setiembre, aún por llegar. Y en un momento dado se descubre pensando, o mejor recordando, lo que hicieron anoche y en ese instante imagina y cree adivinar qué quiere y querrá hacer él de aquí en adelante. Por eso le da un beso, en realidad únicamente lo intenta, porque está tan dormida, tiene tanto sueño, que el beso se pierde en los rincones de su cabeza acariciada. Inevitablemente ella vuelve a desvanecerse otro poco, hasta ahora mismo, que con pena le ha parecido oír algo como ya es la hora o ya es tarde, o ya han pasado ese par de minutos. Aún nota las dos manos trenzadas bajo su pelo cuando pestañea y abre los ojos. Se miran. Se incorporan. No dicen nada. Son ayer. Tiempo de despertar. 

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miércoles, 26 de agosto de 2015

40 años de Tiburón


Necesitaremos un barco más grande y una bombona de oxígeno. Y traigan también sus rifles. Al dispararlos a la vez sonarán como estas uñas escamando cientos, miles de pizarras, puedo garantizarlo. Yo les diré, si guardan silencio, cómo atrapar un gran blanco. Acérquense, apenas queda tiempo. Primero, hará falta una jaula de metal y dentro de ella meteremos a un oceanógrafo barbudo. No olviden al cazatiburones, hacen muy bien en mirarme, claro. Quint esperará y maniobrará junto al timón. Aunque en realidad el único que importa es nuestro héroe, ¿dónde está? Porque necesitaremos un héroe, al mejor entre todos ellos, para derrotar este nuevo miedo que Steven Spielberg grabó para nosotros hace ya cuarenta años. Él estará solo ante el peligro, solo frente a un demonio de caucho y plástico, un robot escalofriante y monstruoso, tan adictivo como la alternancia hipnótica de dos notas musicales. Escuchen la tensión, la angustia, el terror. Imaginen ver o verse, acechar y acecharse, a través de sus ojos negros y muertos. Son ojos de escualo, de horrible tiburón. Es un animal asesino. Es el peor de los hombres. No hay duda, cambió las películas. Su explosión en mil pedazos fue el primer taquillazo veraniego. Ahora nos preocupa más, realmente nos paraliza, el final del turismo. Muy improbable, pero a ratos Málaga me recuerda a la isla de Amity. Por eso siempre que puedo bajo a la playa de los Baños del Carmen y desde la orilla, con mis grandes gafas de ver, que en nada han de envidiar a las del jefe de policía Martin Brody, oteo el mar azul, a veces coloreado de verde, y siempre está en calma. Y reconozco que siento miedo. Mucho. Pero jamás pierdo la esperanza de que tarde o temprano vislumbraré entre las olas una aleta dorsal oscura y estilizada como un fragmento de celuloide a la deriva. Tiburón hizo de mi vida cine. 


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Fotogramas e imágenes del rodaje de la película Tiburón

domingo, 23 de agosto de 2015

"Hoy durará siempre"



Paula y Juan, y un par de tazas de leche con azúcar. Café una mota tan sólo. Anoche regresaron tarde, después de las cuatro y media. Ya son casi las once, dice uno mientras los dos desayunan en la salita. No han dormido. Se sonríen. Y cada nueva sonrisa colorea de rosa ese amago de ojeras. Paula y Juan se hablan a los ojos. Sueñan con alquilar un coche, quieren ir a Granada. Pero tras el último sorbo lo que harán esta mañana de domingo será ducharse y coger el metro. Bajarán con la línea 1 hasta Atocha. Desde allí remontarán la cuesta de Moyano y se detendrán en todas las casetas. Apuesto a que mirarán los libros de oferta al tiempo que se recomiendan lecturas y regatean con varios tenderos. Para Paula, y Juan coincidirá, agosto no lo es tanto bajo los árboles del Retiro. Por eso pasearán por los caminos alrededor del lago y sus barcas. Mira qué han dibujado en la boya, comentará Juan y a Paula le hace gracia. También visitarán el Palacio de Cristal, donde dentro encontrarán instalada una jaima gigantesca, llena de música y murmullo de conversaciones. Luego me gustaría que rodearan la Fuente del Ángel Caído, justo antes de ir a sentarse en un banco de ubicación imprecisa. A la sombra compartirán viajes y anécdotas. Como esa ocasión en la que Paula estuvo a punto de participar en un concurso de televisión y sólo el azar pudo impedirlo, ya había pasado las pruebas. O aquella otra en que Juan, tan propenso a lo absurdo, casi se vio envuelto en un asunto de capa y espada. Y qué pronto se les hará tarde. Pero a Paula y Juan no les gusta tener prisa. Querrán no tener reloj. De modo que seguirán contándose y en un momento dado supongo que echarán a andar hasta perderse por el barrio de las Letras. Quizá coman en un bar de la calle Huertas. Mejor tal vez en uno próximo a la plaza de Santa Ana. Y después, a la hora del café, seguro que con mucha leche y azúcar, apenas una motita de café únicamente, se mirarán y sonreirán. Y de hecho no dejarán de sonreírse ni de mirarse. Porque el tiempo se habrá detenido o sencillamente ha dejado de existir entre los dos. Y de nuevo es por la mañana. Paula y Juan desayunando en la salita. Observo sus tazas y ojeras de no haber dormido. Con todo el domingo por delante para soñarse. 

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Lienzo: El Retiro, Joaquín Sorolla

viernes, 21 de agosto de 2015

Hacerse mayor


Ni Uri ni yo somos tan rápidos como solíamos. A mí me frena una rodilla, la derecha. A él le flaquea la columna a la altura de los cuartos traseros. Y para Uri resulta mucho peor. Porque ya no festeja sus noches corriendo de aquí allá. Recuerdo cómo a horas intempestivas trotaba siempre por casa con su pelota favorita y esa gran lengua de sofoco asomándole a un lado de la boca. A Uri tampoco le queda ímpetu de ladrar conversaciones (y algún que otro insulto) con los demás canes del vecindario, que ahora hablan solos toda la madrugada. Nuestro perro ya ni siquiera se nos une a la mesa si cenamos muy tarde. Se ha vuelto menos glotón. Y casi siempre se acuesta el primero. De repente observamos que se levanta del sofá y marcha despacito, como un pequeño sonámbulo, hasta su rincón, donde coge la forma de un peludo ovillo de sueño. Cuando llego a casa en una de esas noches que ni mi rodilla consigue frenarme a salir, lo encuentro adormilado y el pobre no puede levantar los párpados ni los huesos. Una leve agitación en su cola es la única muestra de reconocimiento, de alegría. En esos momentos me asalta un miedo azul que no consigo borrar pese a que pestañeo una y mil veces. Queriendo ahuyentar el susto me tumbo a su lado. Uri no hace ningún ruido. Quizá cree que no soy más que un sueño que le acaricia una pata, que le rasca el lomo, ya de color muy gris, mientras le cuenta que mañana saldrán a la calle bien temprano para oler cada esquina y luego, Uri, escúchame, comeremos a medias un poco de jamón, de queso, incluso algo de pan, manzana y hasta tortilla... Finalmente la duermevela también acaba por vencerme. Entonces, tan dormidos como indefensos, cae sobre nosotros el tiempo. Y al vernos yo creo que se apiada y nos hace viejos y mayores, sí, pero a los dos juntos. 

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Fotografía: Uri posando en la terraza.

jueves, 13 de agosto de 2015

Ayeres


Algunas mañanas me despierto aprensivo y creo que esa muela quejosa me va a estallar, luego temo que mis ojos y orejas también puedan explotar, y al final acabo preguntándome si no será que hasta mi corazón late a un paso de saltar por los aires. Son días largos y azules en los que me duele el hígado, la rodilla derecha, ambos pulmones, una muñeca, la izquierda, los dos tobillos, el lugar donde yo creo está el páncreas y un testículo (no diré cuál). Por eso tomo pastillas amarillas. Muchas. Alivian mi malestar. Además, bebo piezas de fruta, una tras otra, y como litros de agua, uno tras otro, o es al revés; sólo de pensarlo mis nervios se crispan. Cuando cae la noche siempre bajo al bar de la esquina. Allí estallo con tres cervezas y entonces hablo con todos, tonteo con todas. Ya no pienso que mañana pueda dolerme nada. Soy mi mejor ayer. 

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Fotografía: Keith Richards

martes, 11 de agosto de 2015

Cardíaco ('rojo')


De un tiempo a esta parte me viene doliendo el corazón. Me ocurre estando con ella: esas tardes que paseamos junto a la playa o mientras compartimos una cerveza, sentados en cualquier bar del centro; también cuando nos acostamos. Siempre es el mismo dolor de punzadas arrítmicas. Tantas y tan fuertes que el otro día desperté en el hospital. Ella esperaba junto a mi cama. La vi despeinada, el gesto muy preocupado y llena de miedo, y sus ojos, así como sus labios, grandes y temblorosos, latían, me miraban. Y yo quise decirle guapa y gracias, y que no se asustara, pero un enfermero sin rostro la apartó. Sus gritos eran de color rojo. 

lunes, 10 de agosto de 2015

Ladrón de ida y vuelta


Llueve en agosto. Se mojan nuestras cabezas mientras en un callejón junto al mar alguien me atraca. Sólo tengo mi cartera. Se la ofrezco. Vacía, es su protesta. Compongo un gesto de disculpa, los hombros se me caen hasta el suelo, simétricos, la cara tan amarilla como papel viejo y las manos, mis manos cuelgan sin temblor, son de muerto. Tú estás mal, quiero que me pregunte pero el asaltante no duda. A media voz me oigo reconocer que un poco. Pues vete ya, anda, y me devuelve la cartera. En su interior hay un billete. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Marrón


Marrón tiene un revólver y un gran problema en cada mano. El contable se niega a abrir la caja fuerte mientras afuera el sheriff no deja de gritar que salga y se entregue. Ya oye a sus muchachos rodear el banco con pasos fantasmales, un leve crujir de baldas amarillas. Marrón piensa en Blanca vestida de negro, los ojos llorados. No llores, mi querida, quiere decirle, te prometí que escaparíamos. Marrón dispara al contable en una pierna, la izquierda. Y cuando el contable cae entre aullidos de dolor los hombres del sheriff irrumpen en el banco. Entran por ventanas, puertas y paredes. Son tantos. Son demasiados. Marrón derriba a dos, incluso hiere a un tercero, antes de que una bala alcance su columna y otra, casi simultánea, destroce su mandíbula. La última y definitiva desangra su corazón. Marrón también se cae o cae para siempre, aunque no hace ningún ruido. No muy lejos de allí Blanca todavía sueña con un romance en Durango



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Fotograma: Paul Newman y Robert Redford, en Dos hombres y un destino 

jueves, 6 de agosto de 2015

Un sueño


Anoche soñé que nos conocíamos mucho antes, aunque ya sabíamos qué vendría después. Por eso yo intentaba que todo fuese distinto. Pero tú insistías debe suceder igual. Sólo así, prometías en mi sueño, volveremos a conocernos. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

'Verde' (relato)


Verde tiene las mejillas y los ojos enrojecidos de risa y cloro. No deberías abrirlos mientras buceas, le digo siempre. Pero ella sonríe y no hace ningún caso. Luego me promete, a sabiendas de que será mentira, tan sólo unos largos más, a ver si ahora puedo, papá. Y yo no puedo evitar reírme. Entonces Verde me mira un poco extrañada, sin llegar a comprender. Luego desiste o se le olvida y se sumerge otra vez para un nuevo intento, y observo cómo se aleja muy despacito, moviendo sus pequeños brazos morenos y dando patadas cortas y algo torpes contra el agua. Noches atrás, después de cenar, mientras contábamos estrellas, me contó entre susurros que su esperanza es cruzar este verano la piscina, ida y vuelta recalcaba con voz solemne, sin sacar la cabeza para coger aire. Mi esperanza es Verde. 

domingo, 2 de agosto de 2015

Noctámbulos


Una maldición. Un cruel encantamiento. Ocurre cada noche a las cuatro de la mañana. Despierto y ella está a los pies de la cama mirándome, toda vestida de blanco, fantasmal. Dice mi nombre muy bajito, igual que un susurro, y me pregunta si sigue siendo guapa, si la echo de menos. Y yo contesto con la voz ahogada de sueño que siempre será guapísima, pero ha pasado mucho tiempo. Y con unos ojos que parecen besos amarillos ella me observa durante largo rato sin comprender. Luego gira sobre sus talones y se marcha del cuarto muy despacio, abatida. Entonces corro a cerrar la puerta con la promesa de un divorcio que nunca llega. 

sábado, 1 de agosto de 2015

Azul


Todas las tardes de vacaciones Juan contempla el mismo barco atracado a kilómetro o kilómetro y medio de la playa y no hay día que no piense, y así se lo dice a Azul, sentada a su lado sobre una toalla amarilla, que nadando podría llegar fácilmente hasta el buque. Y Azul, mientras se recoge y peina el pelo en una larga cola libre de enredos, o al tiempo que levanta la mirada de esa revista que acaba de comprar de camino a la playa, o simplemente mientras está haciendo nada salvo ser Azul y tumbarse quejosa bajo el sol, siempre le responde con desgana que eso para qué, Juanillo, pues vaya estupideces se te ocurren, y qué harás cuando llegues junto al barco, ¿pegar un grito? ¡Eh, ustedes, los de a bordo, dejadme subir! Y al final les pedirías que por favor te trajesen de vuelta, si te conoceré yo, Juanillo. Entonces Azul se interrumpe para reírse de su propia ocurrencia. Pero Juan no la escucha. Ni siquiera lo finge. Por eso no oye cómo Azul le recuerda que su rodilla, la derecha, está fatal y ya no aguanta ni un kilómetro andando, mucho menos en el agua, Juanillo. Y de nuevo ella ríe o se ríe, aunque esta vez algo más bajito. Mientras, Juan sigue observando el barco y, tras cada pestañeo, siente que ese gigantesco buque blanco y azul, cargado de contenedores, cientos de ellos, de tantos colores, va dejando de parecerse a un barco. Sobre el mar, que es plomo líquido, la embarcación flota y brilla como una casa o un ascenso, o como la propia Azul brillaba hace mucho tiempo, vestida de novia y tan sonriente. Qué guapa, qué recuerdos. Y por un momento parece que hoy se ha convertido en ese lejano día, así lo siente Juan, pero en realidad es la última tarde de julio y Azul y él volverán mañana a la ciudad. Mejor no pensarlo, piensa Juan, que se levanta igual que un resorte. Antes de llegar al rompiente de las olas su rodilla ya duele. Y es que no puede ser bueno caminar sobre esas pequeñas y puntiagudas piedras del demonio. Pero Juan no se amilana, sino que salta. Se zambulle con brío. Y está nadando. Poco a poco acompasa su respiración con sus brazadas y patadas contra el agua. Y avanza a buen ritmo. Juan no quiere mirar atrás, pero sabe que no está cerca de la orilla. El mar tiene un tono verde azulado. Es frío, envolvente y revitalizador. Y Juan siente cómo todo su cuerpo despierta. Por fin alza la cabeza, aún dista mucho hasta ese barco que no es un barco, sino Azul. Es Azul, que le espera en cubierta. Si se concentra, Juan la escucha gritar que se dé prisa, que nade otro trechito, ya casi ha llegado. Y qué guapa, qué recuerdos. Y de nuevo Juan bracea, patalea. Sin tanto ímpetu, pero recobra el ritmo. Conforme los minutos transcurren, el ahogo y la fatiga sofocan sus músculos. El buque tampoco parece acercarse, sino todo lo contrario, es como si se alejase. O, ni uno ni lo otro, como si se mantuviera a la misma distancia y nadara a idéntica velocidad que Juan. Por primera vez, gira la cabeza. Juan tiene dudas. La playa queda lejísimos. Está a mitad de camino. Pero no tiene sentido volver. Únicamente puede proseguir, esforzarse hasta Azul. Juan lo conseguirá. Lleva todas las vacaciones imaginando este momento, anticipando su victoria. Y Juan no cree que sea un mareo eso que siente. Aunque no ve bien. Y hasta el cielo parece nublado, borroso, líquido. Y las olas le sumergen la cabeza. Está tragando agua. Mucha. El sabor es horrible. Los siguientes movimientos de Juan se ralentizan. Comprende que le cuesta razonar. Y la rodilla duele. Demasiado. De hecho, toda su pierna derecha le arde. Rabia de dolor. Juan intenta flotar, hacerse el muerto para recobrar el aliento. Aunque no se acuerda, ya no sabe cómo hacerse el muerto. Y se hunde como uno de verdad. Bajo la superficie Juan vislumbra las profundidades. Intenta calmar su respiración. Imposible. Le vienen a la mente palabras como denso, miedo y negro. Aunque ahí abajo, entre la nada, algo brilla. Qué luz. Juan la ve incluso desde detrás de los párpados. Bucea hasta ella. Es Azul. Es Azul vestida de novia. Que extiende los brazos. Que lo invita a que se acerque. Su traje es de un blanco cegador. Juan abre la boca impresionado. Entonces todo el mar azul entra por su garganta, desciende por el esófago, y anega sus pulmones. Pero qué guapa, cuántos recuerdos. Y Juan sonríe mientras se sumerge en otro mundo. 

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domingo, 26 de julio de 2015

Dormidos


Todo lo que no pasa nos pasa de noche. Cuando no somos nosotros sino nuestros sueños. Y desde tu duermevela de párpados rendidos me dices aquello que por la mañana te callaste. Mientras yo imagino, pero cuando duermo en realidad me parece un recuerdo, todas esas vidas que hemos tenido y no tendremos, y cada una de ellas con sus correspondientes trabajos y empleos, y tantas comidas y cenas compartidas contigo, después de haber bajado a la playa o tras haber andado perdidos, recorriendo calles, o a la salida de un cine de París. Curiosamente anoche soñé con nuestro último viaje no realizado. Y parece que al otro lado del mar no discutíamos, ni nos éramos insinceros. Desde luego a mí me encantaba tu risa, al tiempo que yo sentía que todo nos podía pasar pese a saber que no nos podía pasar a nosotros. O quizá sí y todavía somos posibles, pero tan sólo de noche, sin tocarnos, dormidos. 

viernes, 24 de julio de 2015

De amarillo


Siempre me ha gustado suponer más que saber, mirar en lugar de ver. Por eso ella me gustó desde que la miré. O quizás, ahora que lo pienso, cuando recuerdo, sólo supuse que ella me iba a gustar. El caso es que llegó en ciclomotor y aparcó al final de una rampa que daba acceso a la pequeña cala. Estacionó su motocicleta bajo una palmera muy alta y un poco enferma, y enseguida se caló sobre su bonita, pensé delicada, cabeza un sombrero de paja que vi florecer del interior de su bolsa de playa. Y no sé por qué pero todo me iba gustando. Antes ya se había quitado las gafas de sol con cristales de espejo amarillo eléctrico y así pude admirar sus ojos, y estos me gustaron. Como me gustó, en realidad me encantó, su traje de baño, que también era amarillo, aunque de color más claro o menos chillón, y de dos piezas. Y encima se sentó muy cerca de donde yo había colocado mi toalla y donde leía, con calor y gorra, el primer capítulo de Rayuela. Y la novela me estaba gustando pero no tanto como su manual de español. O no tanto como me gustó la manera en la que ella se tumbaba boca abajo y pasaba páginas, no sé si leyéndolas o tan sólo hojeándolas, cuando de repente ahora se desabrocha la parte de arriba del bikini y en su espalda tostada, muy amarilla, surge una franja algo más blanca, casi sin tostar, y todo parece volverse distinto, lento. Y supongo que ya no puedo dejar de mirar porque en un momento dado ella alza el cuello del libro y me ve mirándola. Y entonces, puede que por rubor, puede que por la sorpresa, el gorro se le cae un poquito hacia atrás, muy leve, como de forma distraída, para quedarle igual que un birrete, como un improvisado moño de paja sobre la coronilla. Sus labios perfilados en rosa hablan un perfecto castellano, apenas algo de acento extranjero sin procedencia, que sin embargo yo no comprendo. Y no la entiendo porque lo suyo no era rubor, ya que mientras habla, ¿pero qué me está diciendo?, ella se va incorporando y se sienta sobre su toalla y con una pierna, la derecha, morena, tan esbelta y doblada bajo su hermana izquierda, pisa la parte superior olvidada, abandonada, del traje de baño amarillo. Y yo miro, yo veo. Y el mundo es redondo o así lo pienso. También es doble. Casi simétrico. Digno de elogio. ¿Qué decir? Pero debo decir algo. Y de hecho lo hago. Al menos oigo que es mi voz la que habla. Pero me escucho desde muy lejos, como el que atiende a las palabras de otro. Así oigo que le pregunto su nombre, le pregunto por su tiempo en la ciudad, por su vida. ¿Y quieres una cerveza? Claro que quiere. Acerco un poco la toalla entonces, si no te importa. Pero qué le va a importar. Claro que sí, mejor incluso. Pues brindemos. Luego me cuenta todo. Lo va narrando a sorbos. Y sus labios rosas brillan mucho. De repente noto que, sin darme cuenta, yo también estoy sobre la parte de arriba del bikini. Aunque déjame que te cuente, que te explique de mí. Pero a ella siempre le ha gustado más suponer, me hace saber. Yo no doy crédito. Me encanta. Tanto que la gorra se me cae un poquito hacia atrás, deslizándose hasta mi coronilla. ¿Qué iguales, no? Idénticos y risas. Y simétricos seguimos allí muchas horas después hasta que cayó la noche. Me gusta, lo cierto es que me encanta, suponer que desde la distancia, apenas iluminados por las luces de los edificios, del puerto, al otro lado de la bahía, no parecíamos dos sino uno. 

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Imagen: Yellow, Coldplay
Publicado en La voz de hoy

miércoles, 22 de julio de 2015

Mario


Mario se siente acabado y se lo cuenta cada mañana a su reflejo, sin miramientos, mientras en el baño intenta peinar ese mechón rebelde, último retazo de la que hace años fue toda una melena rebelde. Mario, lo mejor te queda muy atrás, se habla Mario con dureza; empleo, amor y juventud has perdido, te has perdido. Pero hoy el teléfono suena pronto. Claro que Mario duda si cogerlo. Tiene miedo. Finalmente contesta. Es una oferta de trabajo. Han aumentado la producción. Quieren que vuelva. Y Mario no ha soltado el auricular cuando escucha un nuevo timbrazo. Ahora es María. Después de tanto tiempo quiere quedar. Esta misma noche. Los dos podían tomar algo cerca del puerto. Los dos podían... No sabe bien qué. Pero ella tiene muchas ganas de averiguarlo, repite varias veces. La tercera llamada sorprende a Mario regresando al espejo. Y Mario ya no responde. Aunque sí vuelve junto al teléfono y tira del cable. Línea muerta. Silencio instantáneo. Y ese mechón rebelde que, rendido, se pliega a los concienzudos vaivenes del peine. Es la primera buena noticia del día. Mario se alegra. Incluso sonríe. Está más guapo así, reconoce. Luego recuerda que se siente acabado, se lo cuenta como cada mañana y entonces hasta el Mario reflejado se entristece. 

martes, 21 de julio de 2015

Café con leche


Recuerdo cómo la taza te escondía nariz y boca, improvisado hocico de porcelana blanca. Y tus ojos medio dormidos olían a café. Centelleaban mientras te pedían algo que enseguida negarías con los labios, también sabor café, pero con algo de leche, así te gusta tomarlo. A mí, ya lo sabes, me hubiese gustado quedarme para siempre, no irme jamás. Y quizás a ti también te hubiera agradado aunque al rato probablemente no. Tampoco pasa nada. Tenía que marcharme. Tenías razón. Era tarde. Cuestión de hallar la incógnita entre antes o después. Con pena o sin ella. Desde luego sin ti. Pese a que, otra vez con razón, yo podía haber remoloneado unos minutos, a lo mejor incluso una hora o dos, por qué no tres. Hacerme el perezoso para ganar tiempo, para pensarlo. Y mientras tanto esperar juntos un nuevo día, con nuestras tazas en la mano, sentados cerquísima, como alrededor de un fuego. Por favor un último café, te lo prometo, habría mentido, pero ahora más claro, con mucha leche, que sea tan sólo tu sombra o tal vez una pequeña nube, de esas que persigues entre sonrisas por el cielo de Málaga. No lo hice, lo siento. Me arrepiento cada mañana, cuando despierto del mismo sueño. Entonces bebo café solo. Sin leche. Tan amargo que ya no me sabe a ti. 

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lunes, 20 de julio de 2015

Mal de ojos


Al principio ella era toda ojos. Dos ojos únicos, iguales, redondos e inmensos, tan intensos como un sueño. De noche pequeños capilares trazaban sus párpados juntos, abrazados. Adentro dormía el color, la luz de mi mañana. Yo siempre le hablé a los ojos, sin pestañear. Así descubrí que menguaban. Que tras cada riña, después de una nueva decepción, aquellos ojos se encogían. Más y más diminutos, se fueron perdiendo por el mapa de su rostro. Hasta que un día, el último, ya no estaban. Dos ojos desaparecidos, borrados, invisibles. Y un amor que nunca había sido ciego. 

sábado, 11 de julio de 2015

BOB DYLAN (Córdoba 9/7/15)


Bob Dylan nunca me faltó cuando todas me faltaron. Tampoco me dejó cuando me habían dejado. Porque sin estarlo Bob Dylan siempre estuvo y ha estado ahí. Con sus largas letras de desamor para esas veces que ya nada nos queda, amor. Bob Dylan, viejo amigo que estudió conmigo cada noche de carrera. Con el que he escrito tantos cuentos. Continuamente Bob Dylan se acerca al oído para dictarme frases que mi mano jamás imaginaría. Bob Dylan también sabe ser un formidable compañero de viaje, que charla por los dos cuando subo al coche. Y Bob Dylan de ningún modo se escaquea las tardes que salgo a correr hasta el dique de Levante. Entonces parece que sobre el puerto no anochecerá nunca, o al menos no del todo, hasta que termine de sonar la última nota de su Not dark yet. Bob Dylan eligió, contando los bises, otras veinte canciones distintas que versionar (algunos clásicos y mucho material de este siglo) para su concierto del pasado jueves en el Teatro de la Axerquía. Vestido de riguroso negro de tobillos a cabeza, sus pies de setentón calzaban botas de una nieve poco común en Córdoba, Bob Dylan fue el más enjuto de los héroes. Con ojos claros y brillantes bajo la sombra de su sombrero. En el Festival de la Guitarra Bob Dylan prefirió tocar piano y armónica. Y Bob Dylan tocó más bien que mal. Igual que cantó más mal que bien. Como suele. Algo extraño fue verlo deambular por el escenario, pasear como un campeón en busca de aspirante. Durante el round final a Bob Dylan le bastó con arquear ambas piernas y extender sus brazos al cálido cielo de julio para desatar la locura de un anfiteatro enamorado. Ante nuestra sorpresa, Bob Dylan posaba. Qué cierto. Aunque había trampa: los fotógrafos tenían prohibido el acceso. Qué certísimo. Y mientras Bob Dylan nos miraba desde el centro del escenario, satisfecho de sí mismo, con la cegadora luz de los focos y sus músicos escoltándole, y toda Córdoba convertida en un aplauso eterno, yo también quise ser feliz y me engañé creyendo que mi viejo amigo Bob Dylan me reconocía entre el público y se alegraba de verme. Él no sonrió. Pero una vez más Bob Dylan tampoco faltó en mi vida. ¡Gracias, maestro! 


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*Fotografías: Diario Córdoba

sábado, 4 de julio de 2015

Anoche


A veces se descubre tan harto de ayer que llora hasta mañana. Con cada ojo atrapado en la pequeña cuenca de una mano temblorosa. Son noches de lágrimas sabor cerveza. Primero bebe una. Luego otra. Y luego otra más. Así hasta que pierde la cuenta. Entonces se toma la última como brindis a quién era. A quién fue. Pero hace tiempo que no se reconoce. Aunque se busca en las páginas de un libro en blanco. En los versos de una canción sin letra. Para su sorpresa aún recuerda antiguos hoy. Sueños que el alcohol vuelve reales. Que intenta tocar con dedos suplicantes. Pero queman. Igual que un fuego fatuo. Y ya no cree en ellos. Tampoco en él. Ni en su fantasma. 

miércoles, 1 de julio de 2015

'Sopa de letras' (relato)


D quiere casarse con E. Pero D nunca encuentra el momento ni las palabras adecuadas para proponerlo. Aunque cada tarde D y E bajan cogidos de la mano a la playa, y D se siente morir cuando ve a E tan ladeada sobre su toalla, tan envuelta por los últimos rayos de sol, convertida en el más hermoso de los lienzos. Pero entonces la lengua de D siempre se traba, volviendo sus palabras inciertas. O tal vez son ciertas. Aunque sólo durante un instante, antes de pronunciarlas. Y un día llueve pese a ser verano y D y E no quedan. Realmente lo decide E. De modo que D también tiene que tomar su decisión: bajar al centro en autobús o bicicleta. Acaba yendo a pie. D busca una novela que su buen amigo S le ha recomendado encarecidamente. No sabe que A trabaja en la pequeña librería de segunda mano y libros de ocasión ubicada en calle M. A es bella como un recuerdo, piensa D. A habla muy dulce. También muy bajito. A parece no querer causar jamás molestia. Ni tan siquiera al aire que la envuelve. Por supuesto, A no molesta a D sino que le supone una gran ayuda. D encuentra la novela y un primer atisbo de amor. Y no puede decirse que el mal tiempo veraniego dure. Como tampoco puede afirmarse, sin faltar a la verdad, que D ya no quiera casarse con E. Aunque en D ha despertado el anhelo de desposarse con A. S opina que su amigo ha enloquecido. Y D actúa cómo únicamente actuaría un loco. O un genio. Porque D sale con E y A a la vez. Por tanto, D empieza a alternar las tardes en la playa con los cafés literarios, las noches de terraza con los estrenos teatrales. Es cuestión de tiempo que D, E y A terminen coincidiendo. Ya ha acabado el verano cuando sucede. D sale de una tienda con A cogida de la mano. Cuando allí que aparece E como llovida del cielo. Además, E camina asida del brazo de O, un despeinado periodista con fama de pagado de sí mismo, auténtico adicto a perorar sin pausa acerca de las grandezas de su blog. D escapa con tino del descorazonador encontronazo. Claro que D no concibe, ni tan siquiera imagina, lo imposible. ¿Quién podría adivinar algo así? Y es que E y A se han gustado. Y una y otra deciden un día verse a solas esa misma noche. Y la siguiente repiten. Y de pronto se dicen te quiero. Y al final se casan. Porque ellas sí encontraron el momento y las palabras adecuadas. D es testigo en la boda. Igual que R, que tiene unos ojos enormes. Capaces de constelar un corazón propenso a sofocos. R ha oído que D es un cabrón. Pero en la firma, visto así de frente, al otro lado de las contrayentes, R lo juzga simpático. Incluso interesante. Y durante la posterior celebración, en un bar cercano a la playa, D saca a bailar a R para que todo pueda empezar de nuevo. 

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*Una las letras para resolver la sopa. 

miércoles, 24 de junio de 2015

'Cómplices' (relato)


Todos los días a las siete y media de la tarde me doy una ducha. Desde la pequeña, cuadrada y siempre abierta ventana de mi cuarto de baño veo la ventana, también abierta y cuadrada aunque de dimensiones algo mayores, del baño en la casa de enfrente. Una apertura ubicada a idéntica altura, apenas a una decena de metros. Al igual que yo, mi vecina siempre se ducha a las siete y media. Pero nunca sola. Se acompaña de hombres, no más de uno por tarde, jamás el mismo, a los que besa, abraza y estruja entre sus brazos mientras el agua espumosa los envuelve, y a ella el cabello se le enmaraña sobre los hombros morenos y de tacto aparentemente suave, punto más bajo al que llegan mis ojos al otro lado del marco de aluminio blanco.

A mi vecina le gusta colocar a sus acompañantes de espaldas contra la ventana para así no perder de vista el baño de enfrente. Cada tarde nos miramos largo rato y ella, toda besos, manos y deseo, mueve sus labios sin parar, pronunciando palabras de vapor que el grifo no me permite escuchar. La ducha acaba a los quince minutos, cuando ellos se separan y mi vecina cierra con una sonrisa la ventana. Una constante durante las tardes del último mes. Pero hoy es diferente. Porque su acompañante, puede que extrañado por las palabras que dibujan los labios de mi vecina y que seguramente él sí oye, se gira y me descube mirándolos; en realidad sólo la miro a ella. No ha debido de gustarle porque rápidamente la empuja y luego, de nuevo de espaldas contra la ventana, parece que la increpa mientras eleva un dedo admonitorio, amenazador. Mi vecina no protesta. Aunque ella también alza un brazo, el derecho, que en un abrir y cerrar de ojos estampa con brillo metálico sobre su amante. La sangre en la nuca no es visible hasta el quinto golpe de grifo. Sé que ha muerto antes de observar cómo desaparece, resbalando poco a poco, igual que un barco naufragado. Una vez hundido para siempre el acompañante, mi vecina se asoma al sol de la tarde con una sonrisa. Por primera vez me lanza un beso. Quiero corresponder pero ella ya no está. Y ha dejado la ventana abierta. 

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Fotograma de la película Psicosis

miércoles, 3 de junio de 2015

'Corazón tan blanco' (artículo)


Lo narra Javier Marías en Corazón tan blanco: Mateu, guarda del Prado durante veinticinco años, oscila la llama de su mechero muy cerca del borde inferior izquierdo de un Rembrandt. Ya ha chamuscado parte del marco cuando Ranz, trabajador de la pinacoteca y padre del protagonista de la novela, aparece. Ranz no sabe cómo detener a Mateu. Agarra un extintor de pared mientras intenta que el vigilante entre en razón. Pero no hay forma: “Estoy harto de esta obra”, asegura Mateu. “Quizá si le propino un golpe y me hago con el mechero”, conjetura Ranz. Pero entonces, último recurso, decide apelar a su sentido del deber: “Tiene usted razón, Mateu, déjeme hacer a mí. Me voy a cargar el cuadro con el extintor este, que pesa lo suyo”. De repente, el guardia esconde el encendedor y se planta ante su superior: “Oiga, oiga, ¿qué va a hacer? Quieto ahí, no me obligue”, amenaza.

Escribe Marías en su libro que el empleado de la pinacoteca no informó de aquel episodio. Y Mateu siguió trabajando en ese museo del Prado ficticio o novelesco. “Si el guardia había sido un vigilante celoso durante veinticinco años, no tenía por qué no seguirlo siendo tras un ataque pasajero de saña”, argumenta Ranz a través del narrador.

El pasaje de Corazón tan blanco me vino a la memoria en fechas recientes cuando visité el Centre Pompidou de Málaga. Mientras recorría las amplias salas en penumbra y contemplaba con ojos muy abiertos el arte que allí se muestra, me descubrí pensando en la soledad de cualquier vigilante de museo. Obligado a custodiar cada día el bienestar de las mismas obras. Esa persona desesperada por la repetición de idénticos e inacabables paseos entre figuras y lienzos. Trabajo horrible. Inaguantable.

Además, en el caso del nuevo museo malagueño, el horror aumenta hasta límites insospechados porque el visitante se enfrenta a vídeo-intalaciones. Imágenes en movimiento. Que hablan en inglés o francés. Grabaciones proyectadas recitando su mensaje incansablemente. Tú y yo escuchamos sólo un rato pero, ¿y el personal del Pompidou? ¿Cómo soportan ese mantra extranjero? ¿Cómo no enloquecen dentro de su bucle perpetuo?

Vi a una vigilante de pie en un lateral. Alzaba sus brazos al aire, probablemente adormecidos de inactividad. Era joven. Muy guapa. Me habría inventado cualquier excusa con tal de intercambiar unas palabras con ella. Pero ya tenía esa duda rondando mi cabeza, así que me acerqué sin más. Mientras hablaba, ella me observaba con ternura infinita. Como se mira a un tonto que no entiende nada. Luego esbozó una sonrisa preciosa. Entonces dio un pequeño paso e igual que cuando se confiesan secretos me habló muy cerca del oído, tras haberse retirado el pelo, que le caía largo y moreno:

No, te explico entre tú y yo para que sepas: de lo que nos quejamos es del precio al que cobramos la hora, son una mierda estas condiciones laborales. Si pagaran bien, ya podrían poner al alcalde en uno de sus discursitos que me daría igual. Él sí que tiene arte y no estos mamotretos”.

La vigilante separó ambas manos y por un instante pareció que todo el museo quedaba al alcance de sus brazos adormecidos. Me sonrió una última vez. Pero mi corazón ya no era tan blanco.

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Artículo publicado en la sección 'Estrella fugaz' de la revista literaria Inoportunos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

'Me voy a dar una vuelta' (reseña)


Cristina Puente escribe como sonríe. Sin medias tintas. Con la franqueza de unos ojos que saben dónde mirar, qué hay que ver. Encima tiene mucha gracia (to' el arte) contando. Y su libro Me voy a dar una vuelta, compendio de un año de aventuras alrededor del mundo, regala ingenios de humor en cada página. Este diario de viajes nació de un blog. A través de posts, Cristina hizo palabras de las gentes y los lugares que fue visitando: desde el Sudeste Asiático (Tailandia, Vietnam, Camboya, Indonesia...) hasta Sudamérica (Chile, Bolivia y Perú), pasando por Australia y Nueva Zelanda, así como por la Polinesia Francesa. Incontables destinos y horas (y más horas) de aviones y barcos. También de trenes, autobuses (unos y otros a veces diurnos, otras nocturnos) y motocicletas. De desplazamientos a caballo y en furgoneta. Pese a los avances en medios de transporte, el mundo sigue siendo igual de grande. Y estas travesías quedan reservadas para los (más) valientes. Aunque Cristina niega pertenecer a esta estirpe, actualmente en peligro de extinción. Pero no hay dudas de que Cristina fue (es) valiente. Mucho. Tanto como para encontrar la oportunidad que encerraba su crisis laboral y personal. Antes de que se le fuese la vida en vida, Cristina decidió irse. Así que preparó su mochila y se dio una vuelta. Primero, de dentro afuera. Y después se atrevió a dársela al mundo entero. Por el camino encontró amigos inesperados (tantos: Rafa, Sheryl, Lorena, Tracy, Oriol...), platos y platos de sabroso ceviche, de poisson cru, jugosísimas frutas exóticas, la pimienta de Kampot, deliciosos cangrejos recién sacados del mar, cervezas de todo tipo, playas y atardeceres en los que perderse, y ríos como el Mekong que constelan la mirada. Cristina descubrió a su vez que los habitantes de la Isla de Pascua son unos pagados de sí mismos, mientras que los oficiales de aduanas casi siempre unos pesados; que no lleva bien el mal de altura boliviano, y que resulta muy peligroso desorientarse cuando cae la noche sobre la neozelandesa ciudad de Nelson. Creo que la gran valentía de Cristina fue escribir y vestir de papel sus sueños de exploradora. Y ella los narra con pulso, con hermoso tono literario. Domina a la perfección cómo transmitir una idea y de qué forma puede presentar mejor una imagen o una emoción, esta o aquella vivencia. Todo delicioso para los ojos del lector, que no lee el libro sino que se lo bebe. Como en las mejores series y películas de intriga, hay sorpresas en el desenlace (no spoiler). Aunque el viaje, la vuelta de Cristina, no acaba con el trepidante capítulo en Lima. Más que un cierre, supone el comienzo de otra aventura. Porque las preguntas flotan detrás de la última línea de texto como fantasmas del porvenir: ¿Cuándo el próximo destino? ¿Me llevarás de nuevo en tu mochila? Como hizo la niña regular, me voy a dar una vuelta. ¡Y luego al mundo! Sin medias tintas. Sonrisa franca. Gracias, Cristina. 

domingo, 17 de mayo de 2015

Echa un último vistazo


"Echa un último vistazo al sitio que dejas", Tom Waits se lo cantaba la otra noche a David Letterman. El gran presentador norteamericano se retira y Waits, como tantos músicos y actores (Tom es ambas cosas), quiso sumarse al homenaje interpretando en televisión un tema nuevo. Dicen que escrito especialmente para el viejo Dave. Puedo imaginarlos después del programa. A bordo de un Chevrolet Impala. Conduce Waits. Por eso frenan en cada bar. Donde beben mientras recuerdan cuando eran jóvenes. Cuando fueron los mejores.

Qué sensación dejan siempre las despedidas. Aunque, lo cuenta Andrés Neuman, la nostalgia sea inevitablemente para el que se queda. Para el que permanece mientras ve al otro (a la otra) marcharse, hacerse pequeño o pequeña tras la ventanilla del autobús, del tren. Incluso del avión. Que rueda, primero lento y luego rapidísimo, por la pista hasta volverse aire. El que se queda ha de proseguir con la vida, soportando sus días y noches, llenando ese corpóreo vacío.

Anoche me fui yo y no tú. Pero no puedo decir que lo quisiera. Ni siquiera supe mirar atrás. Tan sólo bajé tus escaleras en silencio. Y lo hice con pena. Con fatalidad anticipada. En la calle me esperaban Tom y Dave. El Impala detenido en doble fila. Libres de tus caramelos de limón, de tus sobres de azúcar, de tus cajas de cerillas, mis bolsillos parecían pesar demasiado. "Echa un último vistazo al sitio que dejas", canturreó Waits antes de perdernos entre el tráfico. Pero nunca hay dos despedidas iguales.



"Take one last look
At the place that you are leaving"

viernes, 15 de mayo de 2015

'YOtube'


A mi compañero de oficina Jorge le gusta buscar en Youtube vídeos de la Málaga antigua. En concreto, momentos de la ciudad durante los sesenta y setenta. Me cuenta que la otra noche, mientras por divertimento curioso buscaba imágenes de su padre, acabó encontrándose a sí mismo. O, se concede la duda al rememorar, vio a alguien que “si no soy yo, se me parece muchísimo”. “Se me pareció de joven”, aclara enseguida. Observo el vídeo (apenas segundos) y creo que es él: mismos rasgos duros, idéntica mirada atenta, flotando sobre un mar de cabezas en fila. También pudiera no serlo. “Estuve allí pero, ¿ese año? A lo mejor participé el siguiente, o el anterior”, titubea el presunto protagonista. ¿Cómo saber con certeza? Porque siempre resulta extraño contemplar nuestro pasado. Lo creemos ficción, defectuosa prueba de vida. Donde sucedido y soñado convergen igual que luz y su reflejo. Y a menudo nos recordamos distintos. En lugar de tal y como fuimos, quizá como quisimos ser. Yo sé que todavía quiero ser. Aunque no sé qué o quién. Llevo horas rastreando una respuesta en Youtube. Ahí está todo. Al menos, lo grabado (encima ordenado por número de reproducciones, fecha y duración). Pero hay demasiado que la memoria no graba ni recuerda: vivencias, palabras, miradas y sonrisas. Cosas que nos importaron, que un día imaginamos indelebles, y el curso del tiempo ahogó de olvido. Reemplazadas por nuevos presentes. Hoy persigo esas huellas con mi ordenador. Tengo miedo de no hallarlas. Ya nadie existe sin dejar testimonio digital. Sin embargo, intuyo que sería mucho más aterrador reconocerme en un vídeo. Descubrirme de algún modo viral. 

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Publicado en Inoportunos, revista literaria digital.