viernes, 16 de diciembre de 2016

Llama

Ya va a colgar, pero no cuelga. No va a decirlo, pero al final lo dice: “¿Cenamos una noche?” Como respuesta, pregunta: “¿Que qué?” Casi repite: “¿Quieres cenar un día?” El silencio calla toda la línea. Por una rendija muy minúscula, apenas la nada, él cree (o sueña) oír: “Vale”, con una voz que se marcha... Repentina, regresa: “Ponme un wasap luego”. Se dicen: “Adiós, adiós”. También: “Un beso, un beso”. Entonces sonríen. Y, entonces, cuelgan. Aunque él todavía sostiene unos segundos el teléfono. Sólo la ha visto en foto, tan concentrada en su tarea; pero imagina cómo al otro lado del hilo las gafas se han debido de sorprender nariz abajo. Quizá quedando cerquita de ese mechón ondulado, más bien rizado (piensa mejor), que le acaricia una mejilla tersa, ruborizada, sobre la que no podrá escribir en su texto del periódico.    

lunes, 12 de diciembre de 2016

Niebla intrusa

Nos dejamos la puerta abierta y esta niebla se ha colado en casa, devorando la cocina entera, borrando más de medio salón y hasta desbordando todo el cuarto de baño. Mi habitación se ha perdido (o escondido) entre dos nubes. En el pasillo, la garganta de vapor tose. Y la puerta se cierra.

domingo, 11 de diciembre de 2016

re-noir

Al menos una noche por semana, le gusta ir a los cines Renoir y ver esa película que nadie más verá. Independiente o clásica, o quizás ambas. Cintas que terminan felices. Que a veces acaban fatal. Algunas, incluso, parecen no tener FIN. Como cuando de madrugada, fuera del penúltimo bar, ella me pregunta por nuestro desenlace. Todo Madrid, entonces, a un solo beso de fundirse a negro. 

martes, 6 de diciembre de 2016

Les nuits blanches

Cuando en las noches de frío no puedo dormir, me asomo a la ventana y charlo con la chica del octavo C. Que, también algo insomne, calado hasta los ojos ese gorrito de lana amarilla, espera la nieve envuelta en palabras y vaho. Y al caer los primeros copos, ella atrapa uno con ambas manos. Sonriente, me lo enseña. Quizás ahora pueda dormir, me dice. Quizá también yo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Bye bye, Nico!

Nico no quiere ser campeón del mundo. O quizás, ahora que por fin se ha quitado el mono, quiera serlo para siempre. Porque siempre quiso ser como Keke. Padre e hijo, saga de campeones del mundo. Y la pequeña Alaïa que ya da sus primeros pasos por casa Rosberg. Pronto correrá.

domingo, 27 de noviembre de 2016

RESACA (otro lunes)

Incluso lluviosas, las tardes de domingo el barrio se besa de parejas. Delicias de la mano. Embajadores de arriba abajo, bajo un mismo paraguas. Traen los pies mojados, secos los labios, cuando de noche toman todo Ferrocarril para, en ese último bar, escapar del lunes.

martes, 22 de noviembre de 2016

aspirina

"Cuando me aburro, a veces también porque me siento un poco solo, bajo a charlar a la farmacia de la esquina. Abierta 24/7. Allí, las chicas siempre dan conversación y algún que otro prospecto nuevo. Mientras atienden los constipados del barrio, yo leo buscando erratas. Me divierte encontrar una b donde una v, g en lugar de j, o esa h de más. Creo que disfruto detenidamente de todas las instrucciones de uso. Y, en caso de duda, consulto a mis farmacéuticas. Que sonríen. No se aburren conmigo. Tampoco yo me siento solo." 

LOTERÍAS

Mis vecinos no creen en la Navidad. Por eso, cerca de casa, apenas encuentro administraciones de lotería. Y los que compran, qué pocos, ni recuerdan en qué acababa su décimo. O incluso lo pierden. Algunos tienen mucha suerte, estaba en un bolsillo. Pero otros menos afortunados sólo tienen en el bolsillo un agujero. La chica del piso de al lado parece la excepción. A ella le encanta la Navidad. Sonríe. Habla sin parar de El Gordo. “En un mes seré rica”, ha pronosticado hoy en el ascensor. Muy pronto le tocarán mejores vecinos.   

domingo, 20 de noviembre de 2016

viernes, 18 de noviembre de 2016

HOTEL(ES)

3:33. Todos duermen. Menos yo. Que deslizo, primero las sábanas. Luego, los pies escalera abajo. Hasta el gran salón, ahora vacío, callado. En silencio, recorto la cocina. Una copa mece su espera a medias cerca de la ventana. Fuera huele a niebla. Y sabe frío. No queda luz en el edificio. Sus pasillos se han vuelto confusos. Empiezan donde acaban. Ya no sabría regresar a mi cama. A cerrar los ojos. Enfrente, esa puerta: TOC, toc. Tarda un poco. Apenas si abre, otro poco: ¿Cómo has tardado tanto?

sábado, 12 de noviembre de 2016

"Dance me to the end of love"

Quizás haya algo de hermoso, quiero soñar, pero también de macabro, y ahí no cabe la duda, en saberse a ciencia muerto mientras el arte aún pervive. Bowie y Cohen. Dos cantantes de su adiós. Estrellas abajo y Arriba. "I'm ready, my Lord". Querido Leonard, todavía nos queda el penúltimo baile. Porque el amor no tiene fin.
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miércoles, 9 de noviembre de 2016

EXCLUSIVA

Toda ojos, Sara escudriña el imponente hall del hotel Meliá Castilla. Se encuentra aquí para contar para su medio la primera jornada del último congreso nacional sobre Cirugía. Y yo... Estoy perdido. Porque nada sé de Medicina y porque, pese a no habernos visto jamás, veo que Sara sí me ha visto llegar, surgido del frío callejero de un Madrid en noviembre, y su falda es un dibujo de tela vestido de imán oscilante, atrayente, sobre unos leotardos color amarillo. Atrapado, acudo a decir hola. Estrecha mi mano. Nos sonreímos. De repente, alguien de la organización, casi tan sonriente o alegre como nosotros, guía nuestros pasos hasta una pequeña sala de prensa del piso decimocuarto. Hay zumo y café en una mesita próxima a la ventana. Sara, que ya me ha dicho que se llama Sara, mira fuera y da sorbos de su taza mientras la miro y sorbo cada una de sus palabras. Habla muy deprisa, entusiasmada, como si supiera que nos faltará tiempo. Entonces entra la eminente doctora Dolores Fuertes, que parece no querer saber que nos interrumpe. REC de la grabadora: “Buenos días, vengo a detallar las principales ponencias de este exitoso congreso […] Debemos abogar por la Innovación, con mayúscula […] Y el uso de robots en aquellas intervenciones quirúrgicas que alberguen mayor dificultad […] La nueva Cirugía, también escrita con […] Por el bienestar del paciente...”. Qué impaciente yo. Que, todo ojos, con precisión de bisturí interrumpo, deseo, pregunto: “¿Qué tal pareja hacemos?”
¿Su respuesta? Exclusiva en mi periódico. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

3ºE

"La chica nueva de la farmacia de la esquina vive en mi piso de al lado. Yo, F; letra E, ella. Todas las mañanas y algunas noches coincidimos en el ascensor. Casualmente, también coincide que nacimos y estudiamos en la misma ciudad. Y nos gustan las mismas películas. Así como compartimos lecturas, música y hasta color de ojos. Parece inevitable que un día cualquiera, hoy por ejemplo, acabemos intercambiando los números de teléfono para quizás este viernes salir a cenar juntos y, con algo de suerte, entre caricias, descubrir que en realidad no tenemos absolutamente nada en común." 

PREOKUPAS

Muchas madrugadas de domingo, mientras duermes, me pongo el abrigo sobre el pijama y vuelvo al piso que vimos en calle Murcia. Ése “amplio”, “recién reformado”, “barato”, “amarillo”, “a tan sólo una vía de Atocha”, “perfecto”. Un tercero derecha exterior iluminado toda la noche. Donde nuestras canciones de siempre se suicidan balcón abajo cuando una pareja de otros las baila. Allí viven y se ríen (de nosotros). “Llamaron antes”, sentenció el casero. Qué Idealista. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Anoche en casa

Tumbado sobre la alfombra, sin colmillos ya con los que refrenar esa lengua suya, tan colgante o caída como el par de párpados, Uri ladra las buenas noches y se duerme. Todo menos una pata. Esa trasera, la del lado izquierdo. Que se agita en sueños, salta en morse, no deja de correr.

jueves, 13 de octubre de 2016

Felices sueños

Anoche soñé que hablabas en sueños. Dormida a mi lado, decías cosas que nunca me has dicho. Hoy niegas todo con tus besos, pero ya oscureció. Un tapón en cada oído y cierro los ojos. Felices tú y yo. Felices sueños.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

MAESTRO KONÉ

Di adiós a la impotencia sexual, a los hechizos, al mal de ojo, recupera a tu amor perdido, atrae a quien te atrae, acaba con la maldición del vendedor… Volví a leer, muy despacio, tomando aire entre sílabas: “La-mal-di-ción-del-ven-de-dor”. Llamé enseguida: “Maestro Koné, llevo casi un año como eventual en Carrefour, vendo electrodomésticos”. Esa misma tarde me recibió en su buró. La ceremonia fue rápida, precisa, indolora. Koné hizo llover pétalos azules sobre mi cabeza. Luego, devoró un murciélago traído desde remotas tierras francesas. Finalmente, canturreó un salmo tan evanescente como el humo de su incensario. Salí de allí ya libre, pero no fue hasta un mes después, cuando mi último contrato terminó y por primera vez no me renovaron, que se produjo el milagro. Aunque ahora estoy oyendo muchas cosas del nuevo chico de Electrodomésticos. Mis antiguos compañeros me llaman y cuentan de este tal Koné que me sustituye. Yo les pregunto si es maestro. Todos coinciden: “No, no, otro eventual”. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

La casa de Asterión

En el Carrefour donde trabajo hay catorce puertas de acceso y de salida, y catorce ventanales. También son catorce las cajas, los mostradores y las galerías del centro. Aquí todo suma catorce menos yo, me explica Asterión, al que algunos apodan el 'hombre toro'. Es vigilante nocturno. Suelo acompañarle durante sus rondas. Siempre está hablando del redentor, aquel que llegará y le hará libre. ¿No serás tú, Fernando?, me pregunta. Únicamente vengo como eventual, contesto, a quien esperas se llama jubilación. Y Asterión ríe mientras recorremos el pasillo de los libros, al tiempo que él va acariciando cada tomo; sé que si se aburre, se sienta a leer. ¿Te gusta Borges, Asterión?, indagué una noche. Por primera vez, vi al toro. Estremecedor su bufido: Aquí sólo vendéis novedades. 

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'La casa de Asterión', original de Jorge Luis Borges.

sábado, 6 de agosto de 2016

Fichado

Llegan a casa con pasos cortos y armas largas. Disparando mi miedo. Preguntándome. No sé, no sé. Golpe, golpe. Hasta que, de golpe, encuentran la cartera. La tarjeta de identificación está dentro. Fuera espera un coche. El camino de vuelta. No volveré a fichar antes de hora.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Sobre mi nevera

"Todas las noches, ya muy tarde, cuando mis compañeros de piso duermen mientras yo sólo lo pretendo, la nevera tiembla ligerísimamente, electrizada de vida. Un pestañeo después, apenas perceptible, el electrodoméstico da un pasito pequeño, de calcetín blanco. Y, enseguida, se atreve a otro. Al tercero, calculo de cabeza contra la almohada, quizás al quinto, incluso con el séptimo, el enchufe se queja, dice crac y ahora arrastra por las baldosas amarillas de la cocina, persiguiendo al frigorífico como una cadena serpentea tras la sábana que se disfraza de fantasma. Este sepulcro de metal marmóreo, Moby Dick de andar por casa, navega el ancho salón y sus sombras para perderse entre las profundidades de nuestro pasillo. Mi habitación queda la primera. Y los vellos se me vuelven plumas y hasta los brazos me aletean, más gallina que persona, en cuanto escucho el abridor de la nevera empujando hacia abajo, igual que si jugara a ser mano, el pomo del cuarto, que cede y aquí está. El frigorífico. Demasiado gigantesco o sigiloso, ambas cosas incompatibles, entra de puntillas. Camina hasta la cama donde rezo y espío, tengo labios y párpados apretados. Cierro también los pulmones. Me creo un muerto. Pero la nevera desliza sin temor mi tela protectora y quedo en pijama, expuesto. Mirado como si nada. De idéntica forma a cómo yo la abro y observo cada tarde. Por puro aburrimiento, nunca me mueve el hambre. Al rato, el frigo también se cansa, porque regresa a su rincón. Algunas madrugadas venzo mi pánico y me asomo a la cocina esperando ver no sé exactamente qué. La nevera disimula. Hace un siseo metálico. Es su risa nerviosa. Eléctrica."

lunes, 1 de agosto de 2016

Cuando vuelves, cuándo vuelves

No hay luz en casa. La cerradura está echada. Nuestra habitación parece, a un tiempo, llena y abandonada de qué sé yo. De tu sonrisa quizá, cómo brilla en cada foto de la pared. De esa camiseta que siempre usabas y ahora se arruga entre dos sillas. De libros tuyos, olvidados junto a la cama donde no me duermo. Ya busco el interruptor. No enciende. La luz sí se fue contigo. 

domingo, 31 de julio de 2016

El extraño (nuevo) caso del doctor Jekyll y el señor Hyde


Siempre en el turno de mañana, Jekyll. Y Hyde por las tardes. Los dos vendedores nuevos casi parecen uno. Tan distintos (o complementarios) que se igualan. Jekyll presume de compromiso. Nadie ordena mejor la tienda. Saca carteles y promociones. Su frenteo de pasillo se ha vuelto legendario entre la plantilla. Y los clientes le estrechan la mano. Gracias, gracias, le sonríen, ha sido muy amable. Pero las ventas son de Hyde. Que sabe despertar la necesidad en el comprador. Y luego lo seduce hasta la caja. Allí se torna brutal, expeditivo. Asesina por una extragarantía. Desde que entró, sus números dan miedo. Ambos terminan contrato ahora. Sólo uno renovará para otros tres meses. Recursos Humanos dudando: ¿Mitad Jekyll? ¿Mitad Hyde? Todo precariedad.

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*Imagen: "THE TRANSFORMATION. GREAT GOD! CAN IT BE!!", cartel de la primera adaptación teatral del relato de Stevenson.  

domingo, 24 de julio de 2016

Fantasmagoría

En tu casa habita un fantasma. No te asustes. En cada piso hay uno, o una. Porque mi fantasma es mujer. Llegó conmigo. Supongo que la traje yo. Abrí esta maleta y ahí estaba. Desde entonces se aparece y desaparece a su antojo. Tiene predilección por las madrugadas. Pero no me acostumbro a despertar y verla observándome, mira con ojos demasiado negros; ni a que compartamos almohada. Anoche quiso que le contara mi sueño. Aún medio dormido, la voz todavía muda, recordé que en él aparecías tú. Que de repente volvías a casa. Decías huir de otro fantasma. Yo te daba un abrazo, y también mi manta. Nos acurrucabas bajo ella. Para despacito, soñando, perder el miedo.  

lunes, 18 de julio de 2016

La Odisea

Ulises no puede regresar a casa. Cada día, otro inacabable. Más que eterno, Ulises inmóvil. Eres aquí. Estarás siempre. No hay vuelta. Sólo humo. Y esta ola de calor. Sirenas por toda la ciudad. Ulises trabajando en las afueras. Sin Sur, sin norte. Escaso de dioses. Vacía su suerte. Lleno de ayer.

jueves, 7 de julio de 2016

IMSERSO

Esta pequeña historia se la contaron hace poco a mi abuela, que enseguida se la relató a mi madre, que por teléfono me la repitió, quizá queriendo, seguro intentando, que yo le pusiese palabras. Pero quien narra es mi abuela:

Verás, Pili. Concha me explicó que era una excursión de un día por los pueblos blancos de Cádiz. Ya te imaginas, muchos mayores y kilómetros en autobús. A mediodía paran delante de una venta. Antes de sentarse, rodean la barra y beben cerveza. Brindan. Y al tal Matías le sabe a gloria. La primera caña. Porque la segunda parece que le cuesta. De repente, se siente morir. El hombre toma y se toma tan en serio que va y muere allí mismo, al instante. Fulminante. Infarto, anuncia el médico presente (siempre hay uno) entre los comensales. Que se miran, los más aprensivos incluso, cuenta Concha, se buscan con disimulo el pulso, sin entender bien cómo. Aunque la conmoción dura casi nada. Porque oyen que el de la funeraria no llegará hasta dentro de horas. Insostenible situación. Algo hay que hacer. Todos de acuerdo. Pero sólo dos cargan y acuestan a Matías en el patio trasero de la venta. Un tercero, que padece de los hombros, le tapa con una manta. El resto de la excursión superviviente se sienta a comer. Si es que ya estaba pagado, se repiten. El menú, muy sabroso. Anima a la conversación. A reír durante los cafés. Luego, siesta en el bus. Lleno salvo por la plaza de Matías. Todavía en el patio, como si durmiera. Igual que se olvida un sueño.

miércoles, 6 de julio de 2016

Farmacia 24 horas

A veces es un resfriado. Otras, un virus. O una gripe. Quizás una indisposición. Incluso una reacción alérgica. O que de repente va y sufre mareos. Males. Infecciones. Quejas. Se queja de qué sé yo. Por cualquier dolor baja. Ante cada molestia. Pero a la auxiliar de farmacia jamás le molesta. Siempre comprende. Y casi siempre le sonríe. Con labios y ojos. Hoy lo ve llegar con el dedo corazón agrietado. La piel late hecha un millón de trocitos. Ella le da una crema que deberá aplicarse durante diecinueve días. También le receta palabras analgésicas para la angustia. Él paga y ya sale. Aunque enseguida vuelve a entrar. Cardíaco y blanquísimo. Susurrando sobre el mostrador dice, y si te invito al cierre. Ella con su dedo corazón tan terso señala el luminoso. Farmacia 24 horas. 

martes, 28 de junio de 2016

Ventanas de Madrid

Mi cocina da a la de Sara. Apenas metro y medio de patio interior, quizás incluso algo menos, me separan de su ventana siempre abierta. En verano e invierno. Sara vive enmarcada. A diario veo cómo prepara lo que luego comerá. Tiene un olor ya sabroso. De postre, una manzana. También un cigarrillo. Enseguida, nunca falla, se enciende otro. La mano libre agarra bolígrafo y papel. Y durante horas escribe. Porque Sara es escritora. Crea sus historias frente a mi ventana. Me las lee. Mientras lo hace, imagino su voz, en realidad su eco, narrando todo el patio. Planta por planta, hasta el cielo de Madrid. En esta ciudad cuentan demasiado demasiados. Pero nadie con tanta tinta en los ojos, tan coloreadas las pupilas, como Sara. Que a veces, después de la última frase, me pregunta: ¿Te gusta cómo acaba? Yo reconozco que prefiero los comienzos. Hace muchos meses, recién llegada al bloque, vestida de amarillo cliché, Sara me pidió un poco de sal. Llené una taza. Alargamos las manos. La suya era de tacto dulce. Como su boca. Esa que hoy, dictando punto y aparte, me ha pedido un beso. Para el que ahora alargo el cuerpo. Cuelgo de mi ventana. Un equilibrista fuera de quicio. Pero qué cerca. Ya casi llego. Sara se sonríe. Y también se estira. Nos tambaleamos bajo el cielo de Madrid. Si caemos, será hacia arriba. 

sábado, 25 de junio de 2016

Míster Inox (el hombre fortificado)

Me ordenaron reordenar los electrodomésticos más grandes. Esos congeladores tan inmensos y níveos como sepulcros. Los frigoríficos americanos de doble y colosal puerta. También había lavadoras para mover, secadoras y hasta su pesado híbrido: las lavadoras-secadoras. Además de un convoy de lavavajillas y hornos. Mudar aquel mar de metal era mi cometido. Tras dos horas y un esguince de muñeca, los aparatos quedaron colocados de tal forma que recordaban a una casa. A un fuerte del Lejano Oeste, pensé yo. Así que presuroso me atrincheré dentro. Las primeras noches provoqué mucho revuelo. Los vigilantes, ya hartos, me insultaban como niños viejos y frustrados. Introducían torpemente sus brazos para arrastrarme fuera. Los compañeros, mientras tanto, se lamentaban. Mi jefe mediaba: Fernando, sal. Venga, hombre. Deja la broma. Muy buena. Aunque mejor para. Pero no cedí. Estaba muy cómodo recostado en el congelador. Tan fresco pese al calor de junio en Madrid. Y si me daba hambre, reptaba hacia la nevera. O hasta la secadora, mi improvisada despensa. Vivía igual que quería. Y así quería vivir. Leyendo de madrugada. Espiando por las tardes a los clientes desde mirillas estratégicamente dispuestas. Uno de ellos, no sé por qué, me pidió una foto. Me acuerdo que era bajito, casi calvo y usaba gafas de ver. Accedí al instante. Luego vinieron muchos más. Llegó a oídos de la prensa. Salir por televisión atrajo a centenares, incluso a miles. Demasiados. Sin pretenderlo, el centro comercial y yo mismo nos convertimos en atracción. Ahora media ciudad se acerca cada día a verme. El hombre fortificado. Electrocasa. Míster Inox (como aquel antiguo pueblo de Almería). Esas cosas y otras peores me llaman. Tal revuelo hay liado que anoche, tras el cierre, vino a verme el director. Me dio la enhorabuena. Me dio las gracias. Treinta y tres veces dijo gracias. También dijo estás fijo. Porque mira tu nuevo contrato. Y tu flamante sueldo. No me he equivocado con los ceros, descuida. Nos haremos ricos. Por fin podrás elegir horario. El que prefieras. Habla directamente conmigo. Llámame si necesitas electrodomésticos para tu casa, Fernando...
Y hoy, a primera hora, he tenido que huir de mi propio fuerte.

miércoles, 22 de junio de 2016

Dentro de un tambor (de lavadora)

Para escapar del cliente y su cupón descuento, me escondí en esta lavadora. No fue fácil: recuerdo mis manos hacia delante, con esfuerzo metí ambos brazos, las piernas enseguida quedaron tan retorcidas y aquel dolor de cuello, qué horrible punzada en la nuca. Aunque peor está resultando salir. La pequeña puerta redonda se cerró tras de mí y hace meses que permanezco atrapado. Mis gritos, igual de presos, a diario centrifugan sin éxito el tambor hasta enmudecer. Tampoco sirven los arrepentidos cabezazos que me castigo contra el grueso cristal. Pasa mi tiempo, sin que nada ni nadie pasen. Yo intento matarlo, inflar la esperanza, soplando pompas de jabón. Cada una envuelve un pequeño miedo. Y a ratos, cuando mis dedos lo alcanzan, algo raro, también me aplico suavizante en el pelo. Oí una vez que si repites y repites, te acaba dejando un brillo genial. Y es que aquí dentro me acuerdo de demasiado. Pienso demasiado. Ahora, por ejemplo, le doy vueltas a esta lavadora. La imagino como una gran ballena blanca de metal. Vista así, yo sería Ahab. Mejor Jonás. Muy pronto libre de nuevo. En una playa. ¿De agua fría o caliente? ¿Después de un baño corto o largo? Depende del programa. En todo caso, mojado, remojado. Ya me tiendo al sol. Pronto estaré seco. Y sin manchas. Lavado por fuera. Limpio por dentro. 

sábado, 23 de abril de 2016

Fernando Páramo

Me tomó al asalto: “Fernando, necesitan personal de refuerzo en el Carrefour de Comala; mañana de tarde empiezas”, dijo mi jefe de sección. “Pero, Pedro, eso es imposible”, protesté atropellado, incrédulo, “en Comala todos están muertos, ya lo contó Juan Rulfo”. Y Pedro rio feliz, puede que de mí, de mi ocurrencia tal vez. Luego, quiso calmarme: “Que va, que va”, me repitió, se repitió, “aquel tiempo pasó, ahora Comala es futuro: rebosa turistas, comercios, vida. Lo comprobarás por ti mismo mañana”. Horas después salí hacia allí. Largo rato anduve perdido en la llanura gris y amarilla. Y con cada paso me ahogaba un poco más ese calor líquido, empapado, tan de los cuentos de Rulfo. Finalmente, un arriero me indicó el camino. En las afueras de Comala, Carrefour refulgía como las casitas dolorosamente blancas abajo en el pueblo. La chica de Recursos Humanos me dio una tarjeta identificativa nueva. Leí: “Fernando Páramo, Electrodomésticos”. Sin decir nada, comencé a trabajar. Pero los clientes no llegaban. De modo que aproveché para imprimir y colocar los precios que faltaban en el PAE, también encendí los televisores de la parrilla, frenteé el pasillo con los cables, limpié el cristal grasiento y nada espejado de las tablets, además, repuse los deuvedés y tedetés, cambié yo solo todos los microondas del podio Daewoo y hasta encarcasé las maquinillas y depiladoras eléctricas. La tienda entera me quedó magnífica, igual que nueva, en realidad creo que como nunca antes; claro que la tarde se fue sin dejar venta. Algo contrariado, temeroso de no sé exactamente el qué, devolví a la oficina los 150 euros con los que habíamos abierto caja. Y sobre el mueblecito de metal gris de tacto casi líquido, donde se guardan los fondos de la jornada siguiente, vi entonces aquella hoja de reclamaciones. Quejándose de un tal Fernando Páramo

jueves, 21 de abril de 2016

Dormidos (revisitado)

Todo lo que no pasa nos pasa de noche. Cuando no somos nosotros sino nuestros sueños. Y desde tu duermevela de párpados rendidos dices lo que por la mañana callaste. Mientras yo imagino, aunque a esas horas casi parece recuerdo, las vidas que jamás tendremos, con sus ilusiones, quehaceres y tantas cenas contigo, después de bajar a la playa o saliendo de un cine de Madrid. Justo anoche soñé con nuestro último no viaje. Allí no discutíamos ni nos éramos insinceros. Me encantaba tu risa y todo nos podía pasar pese a que ya no nos pase a nosotros. O quizá sí y aún somos posibles. Tan sólo de noche. Dormidos. 

domingo, 17 de abril de 2016

Noches azules

¿Tarda mucho, no? Pregunta Lucía. Igual que Luisa cuando en su blusa de lunares amarillos ya no quedaban botones que desabotonar. También se lo oyó a Teresa. Y a las hermanas Vargas. Primero a la mayor, Chabela, que no sólo lo dijo sino que la acarició con ambas manos, pareja de esposas subiendo y bajando, luego vuelta a empezar, pero tan suaves como inútiles. Marisita, en cambio, se la metió en la boca, y qué horror sintió al descubrir que se salía y huía de sus labios, rechazados todos los besos de la pequeña de las Vargas. “Tómatela”, pidió exhausta. Pero esta noche ni siquiera han sido suficientes esas dos pastillas coloreadas de los ojos de Lucía, que aún la restriega y se restriega hasta que llega un momento en que está cansada, desengañada, creo que incluso harta, no puede más. Abandona o se abandona, y cae a su lado. Desnudos, bocarriba, sin hablar. Lucía ahora enciende una luz. En el último cajón guarda sus pastillas, también son azules. Le permiten dormir. Despertar de otro mal sueño. 

martes, 5 de abril de 2016

Pesadilla

Esta noche no nos queremos ver ni en sueños. Cada uno mira su lado de la almohada. Escucho que ya duermes mientras yo aún doy vueltas. A la cama, a nosotros. Mañana te preguntaré de nuevo. Como en una pesadilla. 

lunes, 4 de abril de 2016

Soñarse futbolista


Anoche soñé que alguien pagaba por mí 75 millones de euros, como el Real Madrid por James (según la web Football Leaks). Así que esta mañana no he ido a trabajar sino al hotel Palace, donde he desayunado caviar con cava sin tener que pagar. Luego he pasado por calle Serrano a recoger, también gratis, la chaqueta Armani que llevaba meses codiciando. Queda realmente fantástica junto a mis nuevas gafas de sol Louis Vuitton y el Ferrari 488 GTB, ambos regalo de los patrocinadores. Y hace un rato, al cierre en Fabrik, todas querían venirse a casa. Vaya día, me he felicitado en la cama, ya solo. Yo siempre leo antes de dormir, pero hoy ha sido imposible. Sobre el papel, las palabras bailaban indescifrables, huidizas, odiosas. Como si supieran que ahora soy futbolista.

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Imagen: James Rodríguez, fotografiado durante un partido (ESPN FC).   

Olvida que es lunes (y llueve)

El botón descorcha tus vaqueros, que al principio resbalan sólo un poco, tan poco, apenas promesa de la piel, pero luego, casi enseguida, mi mano que acude en su ayuda, los pantalones caen y se caen por completo, hasta más allá de nuestros pies, hasta volvernos locos. Contigo aquí, mira qué cerquita, aún es domingo. 

viernes, 1 de abril de 2016

Pequeño alegato de un vendedor

Lo juro, quise matar al cliente con mi pistola de precios. Su banda lectora de repente reconvertida en una larga mirilla láser roja, muy roja. Pero era un comprador contumaz, imparable, puede que hasta inmortal. Con un solo propósito, supo desarmarme tras el mostrador. Y me habló de la OCU, también dijo del Supremo y de otra nueva hoja de reclamaciones en mi historial, mientras sus manos nudosas buscaban atraparme el cuello, desgarrarlo; para, enseguida lo vi, tomarla luego con toda nuestra tienda... Por eso he hecho la devolución del tostador, jefe. En metálico. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Rayos

Como en la primera frase de Galveston, me tomaron una foto del pecho. Siendo muy preciso, de tórax y abdomen; eso decía la autorización médica. Debajo, en grande, volví a leer: URGENTE. Sin prisa, posé de espaldas. “También de perfil”, me ordenaron enseguida. Aquella sala color gris, tan aséptica, me erizó todo el miedo. “Vístete y sal”. Afuera, en el pasillo vacío, no supe si sentarme. Supersticioso, decidí esperar de pie. Y cerré los ojos o se me cerraron antes de escuchar mi nombre. La enfermera caminaba con salud de hierro. Sostenía junto a su pecho la fotografía del mío. Hoy el futuro nos llega revelado.  

martes, 15 de marzo de 2016

Marienbad eléctrico


Mientras leo Marienbad eléctrico, el último libro (extraña novela de título dylanita o dylaniano, acaso un ensayo, puede que únicamente otro juego literario) de Enrique Vila-Matas, recuerdo, aunque en realidad lo descubro porque nunca hasta ahora tuve conocimiento de ello, que yo también me hospedé, al menos durante un rato, en el Splendide Hotel, instalación imposible de sólo un cuarto, además inaccesible, además casi invisible, que la artista francesa Dominique González-Foerster inauguró dentro del Palacio de Cristal, en los madrileños jardines del Buen Retiro, hará cosa de año y medio; tal vez sucedió hace dos. Yo estuve allí una tarde de agosto, eso sí lo recordaba. Habíamos llegado a la ciudad la víspera. Y a las seis el calor superaba lo soportable e insoportable. Entonces vimos la treintena de mecedoras, cada una con su libro atado, llamándonos al descanso. Me senté donde Conan Doyle y Holmes, negro sobre blanco, esperaban compañía. Y leí un poco. Dormité otro tanto. Cómo me gustó (creo que a todos nos encantó) el Splendide Hotel, pese a que no supe qué era ni pensé que pudiera tener tan sonoro nombre. Todo ha surgido veinte meses después cuando, ahora que vivo y pienso en Madrid, las páginas de Vila-Matas arrojan una segunda e inesperada lectura.

Dos semanas he pasado en cama a causa de una gripe. Quizá por eso escribo de nuevo. Pero hoy quiero (estoy decidido a) revisitar el Splendide Hotel, aunque ya no exista; a lo mejor únicamente sobrevive como memoria o parte de la mía. Para salir de dudas, arriba de la calle Arniches he comprado una mecedora descolorida y la he arrastrado hasta el Palacio de Cristal. Llevo varias horas dejándome mecer mientras termino los últimos capítulos de Marienbad eléctrico. Sin embargo, no sé por qué, por momentos levanto los ojos del libro y observo absorto mi reflejo bajo el sol de marzo. No parezco yo. Es un fantasma o su recuerdo de agosto olvidado, me digo sin comprender qué he dicho. De repente, escribo en voz alta la primera frase de este cuento, imaginando que tú aún me lees.


lunes, 18 de enero de 2016

Marta

Los ojos de Marta anoche. Sus manos esta mañana mientras se viste ante al espejo. Marta bailando en la cocina. Marta desayunando. Marta sin dejar de reír. Marta ayer leyendo. Luego escribiendo. Marta ahora en el sofá siendo Marta. Marta a mi lado. Marta y yo en cualquier calle. Marta rodeando mi espalda. Marta, un abrazo. Y un beso de Marta. Marta contándome. Marta que se retira el pelo de la cara. Esos ojos de Marta anoche. Cada beso de Marta anoche. Marta en un sueño. Y Marta soñando. Y Marta soñada. Marta, las dos manos duplicadas por su espejo. Marta otra vez hoy, muy pronto, despidiéndose con frío en un portal de Madrid. Marta, siempre es Marta, aquella primera mañana aguardando en Atocha, con todo por sucedernos. 

martes, 12 de enero de 2016

Adiós al Delgado Duque Blanco

Justo anoche nuestro Modern love pintó de azul eléctrico las paredes de mi habitación. Y juntos preparamos la cena como Absolute Beginners, disfrazados de Young Americans, mientras me decías loca de risa vamos, Let´s dance, put on your red shoes and dance the blues. Echados sobre el sofá, los ojos cerrados, hablamos casi Five years. Más guapa que Jean Genie no dejaste de llamarme Ziggy Stardust. Y parecíamos hambrientos Diamond dogs. Rocanroleando igual que dos Rebels Rebels. Creo que finalmente caí dormido durante la última, tal vez fue en la penúltima, pista del disco Blackstar, regalo casi póstumo, música de cumpleaños final. Y la verdad es que esta noche no recuerdo haber soñado con Bowie. Quizá por eso al despertar, a diferencia del sempiterno dinosaurio de Monterroso, David no seguía allí. Ni tan siquiera en mi Spotify. La estrella subió al cielo, escribían en Facebook, llora todo Twitter. Y encima lunes. Y encima llueve. Pienso lleno de tristeza mientras me mojo los pies de camino al metro, a punto de comenzar mi turno, incapaz de no darle vueltas al adiós de Bowie. No sé por qué me parece ayer esa otra mañana berlinesa de hace ya demasiados años. Y, más que imaginarlo, veo a Bowie joven y miro cómo mira, algunos opinarían que en realidad espía (espíamos), tras los visillos de una ventana en los estudios Hansa. David observa fascinado a esa pareja de amantes que se devora a besos contra el Muro. Son su amigo Tony Visconti y la corista Antonia Maas. En un instante Bowie descubre al rey y a su reina, a los delfines. Y aunque a ti y a mí hoy nos duela el cerebro tanto, tantísimo, aún podemos robar tiempo. Ser Héroes sólo por un día.

PS: Gracias, Bowie. Recuerdos al Mayor Tom y a las Arañas de Marte.

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¡Gracias por compartirlo, OMAU! You rock! 

viernes, 1 de enero de 2016

Feliz año

"Parpadeas durante la última campanada. Aún en los labios esa uva definitiva. Un año escondido tras cada ojo. El futuro llega, nos llega, entre risas y abrazos. Mañana se hace hoy con sólo un beso. Estéis donde estéis, feliz año nuevo, feliz nueva vida."