viernes, 16 de diciembre de 2016

Llama

Ya va a colgar, pero no cuelga. No va a decirlo, pero al final lo dice: “¿Cenamos una noche?” Como respuesta, pregunta: “¿Que qué?” Casi repite: “¿Quieres cenar un día?” El silencio calla toda la línea. Por una rendija muy minúscula, apenas la nada, él cree (o sueña) oír: “Vale”, con una voz que se marcha... Repentina, regresa: “Ponme un wasap luego”. Se dicen: “Adiós, adiós”. También: “Un beso, un beso”. Entonces sonríen. Y, entonces, cuelgan. Aunque él todavía sostiene unos segundos el teléfono. Sólo la ha visto en foto, tan concentrada en su tarea; pero imagina cómo al otro lado del hilo las gafas se han debido de sorprender nariz abajo. Quizá quedando cerquita de ese mechón ondulado, más bien rizado (piensa mejor), que le acaricia una mejilla tersa, ruborizada, sobre la que no podrá escribir en su texto del periódico.    

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